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Raimon Obiols: Franco y el “efecto Rashomon”

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El día que cambiaron a Franco de lugar,  recordé que el dictador vio, entre 1946 y 1975, cerca de 2.000 películas en su sala de proyecciones del palacio de El Pardo.

Una de ellas fue Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, un filme convertido en un clásico. Unos hechos extremadamente violentos (la muerte de un samurai y la violación de su mujer) son narrados ante el juez por cuatro testigos – un leñador, un bandido, la mujer y el propio samurai (que vuelve del más allá como un fantasma). Todos dan relatos diferentes y opuestos de lo que sucedió. A medida que la historia se desarrolla se va comprobando que cada personaje percibe, interpreta y narra los hechos de manera completamente diferente a la de los demás, y todos tienen sus propios motivos para ello.

Además de su belleza, el film es recordado por haber dado lugar a muchas discusiones sobre su significado, y también a la formulación de un concepto epistemológico (es decir, relativo a los problemas de conocimiento) que se ha denominado el “efecto Rashomon”.

A menudo, este «efecto» ha sido invocado para poner de relieve las diferencias, contradicciones, ambigüedades (y a veces mentiras) que suelen acompañar las narrativas nacionalistas. Aunque a menudo se opongan entre ellas, estas narrativas coinciden en un hecho: todas ellas tienen la pretensión de presentar la «verdad» sobre el pasado, el presente y el futuro de su respectiva identidad nacional (y a veces de las otras).

Pero el efecto Rashomon no es reducible a las manipulaciones políticas o culturales. Hace referencia a prejuicios y sentimientos más arraigados, más prolongados, más profundos. Decía Mario Bunge que «probablemente, casi todo hecho social es percibido de manera diferente por diferentes actores o testigos. En ocasiones, esto es así debido a la mala intención, pero más a menudo se debe al prejuicio o a la falta de información. Por regla general, entendemos mucho mejor a la «gente como nosotros mismos», o sea a los miembros del grupo de pertenencia, que a «ellos», los miembros del «grupo extraño».

Ahora hemos visto en los periódicos un caso espectacular de este efecto: una encuesta señalando que, una voz conocidas las penas del Tribunal Supremo sobre el “procés”, el 62,5% de los españoles rechaza el indulto y el 27,4% lo avala, mientras que el 62,1% de los catalanes está a favor de la medida de gracia y el 27,7% en contra. Dos fotos exactamente volteadas.

Es una nueva manifestación de un problema crónico y no resuelto, arraigado en las percepciones y las emociones de la gente. Esta recurrente conflictividad – el episodio más reciente de la cual estamos viviendo – será sólo superado  a medida que cambien las mentalidades y los sentimientos de los grupos implicados. El «federalismo cálido» que invocaba Ernest Lluch trata de eso.

Pasqual Maragall decía (¡hace veinte años!), refiriéndose a la historia de España, que «a veces hay que deconstruir la historia para poder volver a colocar las piezas del rompecabezas».

Mientras el rompecabezas no se resuelva, hay que hablar y actuar en términos de avances y retrocesos. El restablecimiento de la Generalitat, el retorno de su President legítimo, el autogobierno, fueron avances. Ojalá el “procés” no haya significado un paso atrás, aumentando la distancia entre las percepciones y los sentimientos, agravando el efecto Rashomon.

Posdata: Vázquez Montalbán, Franco y el efecto Rashomon

Cuando se cumplió el centenario del Caudillo, en 1992, Manuel Vázquez Montalbán publicó una Autobiografía del general Franco. Es un ingenioso artefactoliterario basado en el efecto Rashomon. Un viejo y gris escritor, que se gana la vida haciendo de «negro» o con otros tristes encargos, acepta la propuesta que le hace un editor avispado para escribir una biografía de Franco, narrada en primera persona («métete en la piel de Franco y excúlpate ante la historia»). El edtor ya tiene pensado el título del libro y también de la colección que deberá iniciar («A los hombres del año dos mil»).

Pero a medida que va escribiendo, el escritor, que de joven había sido antifranquista, no puede resistirse a responder a la versión del dictador, primero con prudentes comentarios, después con indignación, y empieza a dar voz a una serie de testimonios de ‘antifranquistas, hagiógrafos y familiares de Franco, historiadores e incluso psiquiatras.

Es un ejemplo perfecto de “efecto Rashomon” en el campo de la literatura. Este libro, los «hombres (y mujeres) del año dos mil» deberían leerlo. Haro Teglen escribió en su momento que era «un monumento al antifranquismo, tanto por su tamaño dentro de un género que adelgaza y se aligera por momentos como por la importancia del momento en que se publica». Ahora vuelve a ser un buen momento para leerlo.

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