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Alfredo Pastor: De faroles y amenazas

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Con estas palabras describía un historiador inglés lo que fueron los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial: “Los políticos se turnaban en jugar de farol y en proferir amenazas; sólo que esta vez las cosas no fueron como de costumbre (…), y los políticos se convirtieron en prisioneros de sus propias armas”. Con parecidas palabras, y con el natural cambio de escala, describiríamos el punto al que hemos llegado en Catalunya, y quizá en toda España. Voces autorizadas advierten de que vamos camino de un serio conflicto.

Por negligencia –no exenta, piensa uno, de cierta malevolencia– el Gobierno del Estado parece haber dejado en manos del poder judicial la salvación de la patria, cuando ni la patria necesita ser salvada, ni serían los jueces los encargados de hacerlo, si ese fuera el caso; con tanto hablar de golpe de Estado ha contribuido a crear un clima de alarma, propiciando una interpretación del Código Penal que algunos consideran extrema, y ello podría resultar en el descrédito de nuestra justicia. La amenaza no parece haber surtido el efecto deseado.

Si por parte del Gobierno se propicia el uso de la ley para salvar la patria, el independentismo no parece tener más programa, ni más estrategia, que desacreditar unas instituciones que tanto esfuerzo ha costado construir y que, con todos sus defectos, resisten la comparación con sus homólogas de otros países. Se ha perseguido el objetivo con enorme habilidad, sin desdeñar el uso de la exageración, incluso de la mentira, y a costa de crear un malestar que durará muchos años; una conducta que calificaría de ­despreciable, aunque quizá no sea punible. Sea como fuere, ya se admite que, si había que lograr la independencia –eso debían creer quienes se manifestaban una y otra vez–, la estrategia ha fracasado. El farol de unos no ha sido más eficaz que la amenaza de los otros. Los políticos de ambos lados han quedado prisioneros de sus propias armas, y nos llevan hacia el conflicto.

Unos y otros repetirán ahora lo que han venido diciendo a cada paso: que no había otra salida. No es verdad: siempre la ha habido, es lo que el amigo López Burniol llama “diálogo transaccional”, que persigue no convencer ni enseñar, sino llegar a un acuerdo. Todos han pretendido desearlo, pero los independentistas lo abandonaron al iniciar la vía unilateral, y lo más probable es que el Gobierno del Estado no lo deseara nunca. Pero Catalunya no se divide en independentistas y partidarios de la mano dura. Hay quien, sin ser partidario de la independencia, ha creído en la posibilidad de un reparto de poder que llevara, no a la triste conllevancia de Ortega, sino a una buena convivencia. Los que pensamos así nos hemos sentido abandonados por el Gobierno del Estado, a quien hemos pedido en vano propuestas, proyectos y argumentos que hicieran la unidad de España más atractiva frente al cuerno de la abundancia que prometía el independentismo; y no nos hemos sentido muy queridos por la aplastante minoría que este representaba. Sin embargo, seguimos pensando que la negociación es el único camino practicable; y que si hoy ya es difícil, lo será ­cada día más.

Los que no deseamos el conflicto debemos ser la gran mayoría; unos, porque nunca lo han querido; otros, porque las promesas de una independencia sin coste han resultado ser falsas. Unos y otros deberíamos insistir, aunque no sea con una sola voz, en que se inicie una negociación entre el Gobierno y los catalanes –sin olvidar a quienes no son partidarios de la independencia–que termine en un acuerdo. Los puntos que negociar han sido ­repetidos hasta la saciedad: reconocimiento de la especificidad catalana, financiación, clarificación de competencias son los más urgentes. El acuerdo se ratificaría mediante una consulta. Todo ello cabe en el actual marco constitucional, y otros asuntos pueden dejarse para más adelante.

Lo único indispensable para iniciar ese camino de salida es valor: porque el acuerdo satisfará a la mayoría, pero decepcionará a los extremos. Los negociadores deberán resignarse a que se les acuse de traidores o de blandos, en nombre de una dignidad que no es más que orgullo o de una firmeza que no es más que obstinación. Pero a cambio contarán con el agradecimiento de la mayoría, quizá silenciosa, de sus conciudadanos. El coraje que hace falta no es el que unos y otros han exhibido hasta ahora con faroles y amenazas, ni el que se presta a grandes gestos ni a frases históricas. Es el valor que muestra el guía que, a cien metros de la cumbre, decide dar media vuelta. Ni fracasa ni se ­humilla: sólo cree que es mejor renunciar a la hazaña que poner en riesgo la vida de sus compañeros. Cualquier montañero les dirá que ese es el auténtico valor. Esperemos que nuestros políticos den muestras de tenerlo.

La Vanguardia

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