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Jeremy Gilbert: Cómo Jeremy Corbyn y sus aliados sobrevivieron al exilio político

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Tony Benn, el líder indiscurido de la izquierda laborista británica durante la década de 1980, murió en 2014. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de ejercer ninguna influencia política relevante.

Sin embargo, menos de cuatro años después, la tradición bennita ha experimentado un  renacimiento espectacular. El pupilo de Benn, Jeremy Corbyn, parece estar en camino de convertirse en el próximo primer ministro. Michael Heseltine, un gigante tory de los años ochenta, ha llegado a decir que está dispuesto a aceptar un gobierno laborista dirigido por Corbyn. Sería preferible, ha añadido, a un régimen tory de Brexit duro.

Muchos factores han contribuido a este asombroso estado de cosas. Pero hay uno que ha merecido muy pocos comentarios. Los bennitas han sido la única facción de un partido político principal que no se han visto comprometidos por dos tendencias perjudiciales de la política británica: la deferencia ante los Estados Unidos y la complicidad con la prensa de derechas.

La lealtad hacia los Estados Unidos y la creencia en la “relación especial” han sido un artículo de fe compartido por la mayoría de los líderes laboristas y conservadores desde la década de  los 1940. Tanto Tony Blair como David Miliband han expresado su pesar por el hecho de que no haber hecho más, mientras estaban en el gobierno,  para promover una visión positiva de la pertenencia a la la Unión Europea en la opinión pública británica. Lo que no han reconocido es que ésto habría exigido  que argumentaran por qué ser “europeo” era una perspectiva atractiva para los ciudadanos del Reino Unido. La única manera de hacerlo,  en la década de los noventa,  habría sido abogar por una agenda socialdemócrata europea tradicional, en contra del “Consenso de Washington” favorable a la apertura de los mercados y las fronteras.

En cambio, el  New Labour abogó por la agenda neoliberal estadounidense dentro de la UE, apoyando fuertemente la ampliación a la Europa del Este y la desregulación del mercado laboral. Estos son precisamente los factores que han llevado a la inmensa impopularidad de la UE entre los ingleses de clase trabajadora en los últimos años. Estos electores han visto su nivel de vida continuamente erosionado y llegan a percibir a los inmigrantes de Europa del Este, con razón o sin ella, como sus competidores directos en empleos y vivienda.

Casi ninguna fracción de los partidos conservador o laborista se opuso a la alineación pro-estadounidense del gobierno de Blair. La derecha tradicional del partido laborista  ha sido obsesivamente atlantista desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos fomentó activamente el crecimiento de la socialdemocracia en la Europa occidental como un baluarte contra el comunismo. La “izquierda suave” del laborismo ha mantenido durante mucho tiempo una estrecha relación con el establishment demócrata de los Estados Unidos.

En cuanto a los conservadores, la derecha tory nunca argumentó que deberíamos mirar a Alemania como modelo de una forma de capitalismo más eficiente e igualitario. Transfigurados por el éxito del reaganismo, su admiración por los republicanos siempre fue total.

Cuando los conservadores como Boris Johnson comenzaron a hacer del euroescepticismo su gran causa, desde finales de los ochenta en adelante, se inspiraron directamente en la retórica antigubernamental de la derecha estadounidense. Al carecer de un gobierno federal al que enfrentarse, pasaron a inventarse para consumo propio un mítico “superestado federal“, en forma de UE.

Y esto nos lleva a la otra tendencia espantosa y distorsionante que ha conformado la clase política británica de las últimas décadas: su deferencia cobarde frente al Daily Mail y la prensa de Murdoch. Es en las páginas de estos periódicos donde se han creado y reforzado los mitos dominantes sobre la Gran Bretaña, la UE y la naturaleza misma del cambio social y económico. A falta de ser refutados de manera contundente, debían conducir fatalmente a la votación a favor del Brexit.

Las encuestas y sondeos son cristalinos sobre este tema. Los electores británicos  tienen en promedio una imagen groseramente distorsionada de los niveles de inmigración en el Reino Unido, sus efectos sobre los salarios, los servicios sociales y el mercado de la vivienda, así cómo sobre el papel de la UE en nuestra vida política nacional. Tienen  una visión tanto más demostrablemente inexacta de estos problemas cuanto más dependen del Mail, el The Sun y el Daily Express como principales fuentes de información. Y, sin embargo, nadie con la mínima influencia política ha hecho un intento explícito de contrarrestar esta mitología desde los años ochenta.

Esta es la razón por la cual el ala conservadora de Heseltine tiene tanta responsabilidad como todos los demás por el agujero en el que se ha sumido la clase política británica. Los conservadores liberales, de Ken Clarke a George Osborne, eran perfectamente conscientes de que la prensa de derechas estaba vendiendo mentiras sobre la UE y otros temas relacionados. Pero nadie habló, porque esos periódicos seguían diciendo a sus lectores que votasen por el partido conservador.

Theresa May, que obviamente sabe que el Brexit será un desastre, podría detener el proyecto mañana mismo, si tuviera el coraje. Pero para hacerlo tendría que dar el discurso que ningún líder político se ha atrevido a pronunciar: afirmando, en términos inequívocos, que el propietario del Sun, Rupert Murdoch, y el editor del  Mail, Paul Dacre, han estado mintiendo al público británico durante décadas.

Esta inacción es seguramente una razón central del éxito reciente del laborismo. En particular, ayuda a explicar la popularidad de Corbyn entre los electores partidarios de permanecer en la UE, a pesar de que los bennitas eran abiertamente euroescépticos. Gran parte del electorado aprecia, aunque sea instintivamente, que Corbyn nunca haya cometido el error de inclinarse ante Washington, Murdoch y Dacre. Eso podrà no ser suficiente para salvarnos del desastre del en promedio. Pero es más de lo que puede decirse de cualquier líder de un partido importante desde los años setenta.

NewStatesman

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