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Enric Juliana: El alzamiento reaccionario

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En menos de tres meses, la palabra Vox se ha situado en el centro del debate público en España. Un monosílabo. Hay cosas que encogen en esta época: la democracia, la sensación de estabilidad, el optimismo, los salarios, los contratos de trabajo, los derechos sociales, los consensos, la tolerancia, la buena educación … y el nombre de los partidos políticos. Tres letras: Vox.

Hay preocupación en la derecha convencional ante el nuevo fenómeno, como ha quedado patente este fin de semana en la convención del Partido Popular. Temen que el partido que les acaba de entregar la Junta de Andalucía no se limite a ser el providencial compañero de viaje que transforma en votos el cabreo abstencionista de la España varón dandy. Las encuestas se están volviendo locas desde hace unas semanas. El octavo pasajero anda suelto. Vox sigue galopando hacia arriba. Forocoches está que arde. (Forocoches: una comunidad virtual que mueve opinión en España). Los grupos de Wathsapp vibran.

Vox rompe techos y podría trastocar seriamente el reparto de escaños si las elecciones generales se celebrasen mañana. El único partido que en estos momentos se sitúa por encima de una estimación de voto del veinte por ciento es el PSOE. Baila la jerarquía de los demás partidos en un sistema electoral que penaliza claramente al cuarto y al quinto clasificados. La elección de alcaldes y presidentes de autonomía puede ser todo un poema después del 26 de mayo.

Uno de los primeros en advertir que Santiago Abascal y Javier Ortega Smith no se han subido a un caballo para acabar sirviendo los cafés a Pablo Casado y Albert Rivera en el futuro Congreso de los Diputados fue el veterano periodista Pedro J. Ramírez, siempre atento a la correlación de fuerzas. “La primera consecuencia automática de la potente irrupción de Vox en las encuestas, es decir de la fragmentación del voto opositor al actual Gobierno, es que se haya rebajado en más de tres puntos el umbral de sufragios que deberían sumar Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y los separatistas para mantener la actual mayoría en el Congreso”, advertía el día de Reyes en su artículo dominical en el periódico digital El Español. A Ramírez siempre le ha gustado ordenar el tráfico. Esta era su conclusión: “Supongo que a muchos votantes de Vox se les helaría la sonrisa si llegara a materializarse el riesgo de que su auge fuera, precisamente, lo que perpetuara, durante otra legislatura completa, al doctor Frankenstein en la Moncloa”.

Cayetana Alvárez de Toledo tampoco lo ve claro. En un reciente artículo en el diario El Mundo, esta intelectual con fuerte vocación periodística, que se mueve en la zona de confluencia del Partido Popular y Ciudadanos, advierte que Vox es el nuevo juguete de los medios de comunicación. “Vox seguirá creciendo porque Vox es un negocio. Es nuevo: clic. Es políticamente incorrecto: clic, clic. Y sobre todo es contestatario, polémico y polarizador: clic, clic, clic”.

Escribe bien Alvárez de Toledo, que en fecha reciente fue tentada con la candidatura del Partido Popular a la alcaldía de Madrid. Sabe lo que se cuece en el PP y lo explica: “Personas relevantes del entorno de Abascal le están intentado convencer de que vuelva a casa [al PP, del que fue militante] aunque sea para el verano y en forma de coalición. Encomiable ingenuidad… Sólo un patriota renunciaría al dulce olor del poder por el bien común. Vox, como Podemos con el PSOE, como Ciudadanos con todos, tiene vocación de sustitución y un huracán a favor”. Advirtiendo que Andalucía puede ser un espejismo, su conclusión no difiere mucho de la de Pedro J. Ramírez: “La división del antiguo espacio del PP en tres puede convertir al PSOE en la primera fuerza política del Congreso, y, por mucho, del Senado”.

El círculo de Cayetana se horroriza ahora ante el fenómeno incubado durante años de inflamación del discurso nacionalista español, uno de los pocos nacionalismos que se afirma negando su existencia, a medida que alza el tono de la voz. En España, como diría Jean-Paul Sartre, los nacionalistas siempre son los otros.

El profesor Ignacio Sánchez-Cuenca, autor de un ensayo titulado La desfachatez intelectual, incidía en este punto en un reciente artículo en el digital CTXT: “El surgimiento de un partido como Vox no es sino la conclusión inevitable de llevar hasta sus últimas consecuencias los planteamientos que durante tantos años han hecho los intelectuales nacionalistas españoles (…) Vox ha encontrado un terreno abonado. Sin la retórica tóxica que se ha creado en España a propósito del conflicto nacional, no lo habrían tenido tan fácil”.

José Antonio Zarzalejos, atento observador político, también ve problemas para Ciudadanos en el laboratorio andaluz y les recrimina que hayan entregado a Vox un papel decisivo. “Hubiese bastado que los 21 diputados de Ciudadanos en Andalucía invistieran a Moreno Bonilla y se mantuvieran al margen del Gobierno autonómico (…) para establecer desde el Parlamento andaluz un filtro a las decisiones del PP y Vox”, afirma el periodista en un artículo titulado “El error andaluz de Ciudadanos”, publicado en El Confidencial. ¿Por qué no le hicieron caso a Zarzalejos?

Estamos asistiendo a un alzamiento reaccionario en España. La advertencia más lúcida al respecto llevaba ayer la firma de José María Lassalle en La Vanguardia: “Cien años después, un fascismo posmoderno inicia su andadura en busca de una nueva eternidad. Esa es la diferencia con el populismo y la urgencia de ponerlo en evidencia. (“Vox o la brutalidad política”).

La Vanguardia

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