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Francesc-Marc Alvaro: El amigo invisible

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La insistencia e intensidad que Albert Rivera y todos los dirigentes de Cs están exhibiendo para negar el papel de Vox en la mayoría de gobierno en la autonomía andaluza es inversamente proporcional a la alegría con que los ultras de Santiago Abascal publicitan su protagonismo institucional. Excusatio non petita, accusatio manifesta. Los de la formación naranja tratan de ocultar el elefante, pero el elefante está ahí, en medio del salón, con todo su esplendor. Cs ha obtenido la presidencia del Parlamento andaluz gracias a los votos de la ultraderecha, basta con saber sumar para comprobarlo. Juan Marín, el cabeza de lista de Cs, está alcanzando lo sublime en sus contorsiones semánticas para separar el significado de los verbos pactar y apoyar, que una cosa es pactar con la derechona de toda la vida y otra, al parecer muy distinta, es recibir el apoyo de los herederos de Fuerza Nueva.

Es fascinante la comedia de Rivera y sus altavoces para maquillar a toda prisa lo que no puede maquillarse. Y también es fascinante el pequeño drama que debe estar viviendo el candidato Manuel Valls, convertido –sin comerlo ni beberlo– en socio de los amigos y homólogos españoles de la señora Le Pen, a la que combatió; no quisiera uno estar en la piel de sus estrategas a partir de hoy. Pero lo más fascinante de todo es la enorme confianza de la cúpula de Cs en los efectos milagrosos de la propaganda que deberán desplegar para relativizar su alianza con la extrema derecha xenófoba, machista, nacional-católica, antiliberal, militarista y nostálgica. Para un partido pretendidamente centrista, liberal y regenerador, se trata de una compañía chocante, sobre todo cuando tengan que dar explicaciones en los foros europeos.

Vox es un estorbo para Rivera: no puede atacarlo ni puede decir que es su socio con la tranquilidad que lo hace Casado, por eso simula que no existe y pretende convencernos de ello como sea. Abascal es el extraño pasajero que los de Cs tratarán como al amigo invisible, un amiguito que, a su vez, se abrazará efusivamente a los que le blanquean y normalizan. La situación será digna de estudio para la ciencia política y, de paso, para los amantes del ocultismo. Vox es un estorbo con el que Rivera y sus padrinos no contaban, tal vez porque no recordaron la primera ley de la radicalización ideológica: siempre hay alguien dispuesto a ir más allá y a desbordar los límites. Por ejemplo, Cs quiere acabar con la singularidad fiscal de Euskadi y Navarra, una medida que parece amable al lado de la supresión de todas las autonomías, algo que propugna Vox.

Ahora habría que entrevistar a los que pidieron, en su día, un Podemos de derechas. Para que nos digan si están satisfechos o no con el regalito sorpresa (y vintage) que iba en la bonita caja de Rivera, con su camisita y su canesú.

La Vanguardia

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