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Gabriel Magalhães: Vías portuguesas

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Aunque Portugal es independiente desde el siglo XII, los momentos más importantes de ruptura con el vecino hispánico ocurrieron en la crisis de 1383-85 y en 1640: en la primera ocasión, ese vecino aún se llamaba Castilla; en la segunda, ya se trataba de España, en su forma imperial. Ha pasado mucho tiempo, los marcos históricos eran otros, pero hay una especie de eternidad en la península Ibérica que aún nos permite sacar conclusiones útiles para este incierto 2019, en el que los responsables políticos y la ciudadanía de Catalunya y de España tendrán que tomar importantes decisiones.

Primera: un nuevo país puede ser sencillamente un nuevo conflicto. De hecho, en 1383-85, la afirmación de la identidad nacional por­tuguesa conllevó una guerra civil, con el pueblo y una in­cipiente burguesía del lado independentista, y la aristocracia del otro, esto a grandes rasgos. Las invasiones cas­tellanas fueron una inter­vención extranjera, apoyando a uno de los bandos. La ­independencia portuguesa reafirmada no centelleó como una epifanía social. Hubo vencedores y derrotados. En el fondo, una nueva clase ­social llegó al poder y derrumbó a otra. Y resulta curioso comprobar que, en el Portugal actual, persisten grandes divisiones: hay quien pierde, hay quien gana. Pierden los emigrantes, obligados a marcharse, y quien vive en el interior; gana sobre todo una casta, concentrada en Lisboa y Oporto. Independencia y justicia no son ­sinónimos. Un sistema justo es algo que los humanos podemos construir entre todos, pero no lo garantizan las fronteras. Muchas veces estas sirven sólo para que nuestra ­injusticia triunfe sobre la injusticia de los ­demás.

La ruptura de 1640 ya fue otra cosa: después de integrarse en España en 1580, el país se volvió atrás como un bloque. Incluso las posesiones coloniales, que eran la enorme prótesis que Portugal se había puesto para lograr apuntalar su autonomía, fueron casi unánimes a la hora de apoyar la rebelión. Desde entonces, son muchos los portugueses que han hecho en el país vecino un recorrido de bumerán: primero, el hechizo, después la desilusión y el regreso (o el viaje hacia otras partes). En España, existe una apisonadora cultural, con evidente dificultad para aceptar lo distinto. Claro que también hay una realidad española abierta y tolerante. Pero tarde o temprano te encuentras con el troglodita, y a veces te surge muy arriba, donde se quiere, puede y manda. Habría que cambiar esto.

1640 nos enseña algo más: no hay independencias de terciopelo en la península Ibérica. Fueron 28 años de guerra: sólo en 1668 el poder español reconoció a Portugal. El Vaticano, clave en toda esta cuestión, lo hizo un año después, en 1669. Independizarse no es como una pareja que se separa; son millones de parejas separándose y el big bang de todas esas rupturas. En 1668, ya se había muerto el rey Juan IV, duque de Braganza, que fue el jefe de la insurrección. A pesar de todos los sacrificios, hay dos cosas que la independencia no nos ha garantizado a los portugueses: por una parte, la prosperidad; por otra, la libertad. Nuestra historia lusa no siempre ha logrado desviarse de purgatorios de pobreza y de tiempos de autoritarismo. Por motivos políticos, portugueses han encarcelado a portugueses. El momento en que Portugal fue más señor de sí mismo, en el sentido de que no dependía de ninguna potencia extranjera y vivía aislado en su mundo, coincidió con la dictadura de Salazar: sin bienestar para todos, sin libertad política.

No obstante, la independencia nos ha concedido algo fundamental: el derecho a una lengua, a una manera de estar. A nuestra cultura, con todos sus defectos y sus virtudes. Algo que Catalunya, en toda su complejidad, también se merece y que uno sueña que España le reconozca sin ambages. De hecho, los españoles tendrán que decidir en los próximos tiempos si quieren que su historia sea una montaña rusa de tragedias y jolgorios o si prefieren dar un paso más y crear una España verdaderamente plural. Es difícil, pero se puede hacer. Toda la vida española de las últimas décadas, sin duda felices, nace, en gran parte, del gesto de restaurar la Generalitat, en 1977. Un gesto que hizo una derecha centrista. Lo que está plan­teando Pedro Sánchez revela valentía y lucidez, pero también se necesita una derecha en la que no dominen los candidatos a campeador nacional, sino alguien que tenga sentido de Estado. Machacar gustosamente a Catalunya es destrozar la España contemporánea y transformar la Constitución en una momia, sin vida por dentro.

Por otra parte, si el soberanismo persiste en una vía numantina, eso alimentará la ­España retrógrada. El independentismo ­catalán constituye, en realidad, un furgón más del dramático tren español. Se nece­sitan, pues, nuevas actitudes. Tiene que haber una senda propia para que la realidad ­catalana encuentre su puesto. Un camino ­integrador, dialogante. Ello será decisivo ­para superar las muy dolorosas situaciones presentes. Y Catalunya y España serían un ejemplo esperanzador para una Europa en crisis.

La Vanguardia

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