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Ignacio Sánchez-Cuenca: La extrema unción

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Si pudiera viajar atrás en el tiempo, tampoco hace falta mucho, bastaría con regresar a 1980, yo le diría a la gente aquello de “he visto cosas que jamás creeríais”. He visto a Gustavo Bueno  firmar artículos con Santiago Abascal en Libertad Digital en defensa de una España amenazada por los rojos separatistas; sí, el mismo Bueno que en aquella otra época era un granítico comunista, materialista y ateo. He visto al propio Bueno, a Gabriel Albiac y a Jon Juaristi formar parte del patronato de honor de Denaes, la Fundación para la Defensa de la Nación Española, el embrión de Vox; sí, Albiac el filósofo althusseriano, el del comunismo y rock and roll, y Juaristi, el que pasó por ETA, el PCE y el PSOE. He visto a Fernando Sánchez Dragó en el mitin de Vox de Vistalegre; sí, el Sánchez Dragó que fue comunista y luego ácrata. He visto a Francesc de Carreras levantarse emocionado de su silla mientras escuchaba la ya inmortal versión del himno español de Marta Sánchez; sí, el mismo Carreras que fue del PSUC. He visto a Fernando Savater firmando el manifiesto de los Libres e Iguales promovido por Cayetana Álvarez de Toledo; sí, el mismo Savater al que la Constitución le parecía una tontería y que creía que Batasuna era un prometedor movimiento social frente a los partidos democráticos.

Circula con profusión el cliché de que los intelectuales siempre llegan tarde, que solo saben interpretar el pasado pero no anticipar el futuro, en fin, aquello de que la lechuza sólo alza el vuelo al anochecer. Sin embargo, en el caso de Vox hay que admitir que muchos intelectuales han ido un paso por delante de los acontecimientos. Unos pocos, como Gustavo Bueno, no sólo dando ideas, sino colaborando activamente con Abascal y Denaes, pero otros muchos creando un clima de opinión asfixiante con respecto a la cuestión nacional. Y es ante todo la cuestión nacional lo que desencadena el ascenso de Vox.

Hay que insistir en que Vox no creció durante los peores años de la crisis. En esos años ya estaban en vigor las políticas de igualdad de género y ya se había alcanzado el máximo histórico de inmigración en España. A pesar de los recortes de gasto en servicios públicos y de la subida del IVA del Gobierno de Mariano Rajoy, cuando Vox se presentó a las elecciones europeas en 2014 obtuvo en toda España tan solo 247.000 votos (el 1,6%) (hay un eximente:  el candidato era Alejo Vidal-Quadras).

Vox sólo despega tras la crisis catalana del otoño de 2017. Es entonces cuando una parte de la ciudadanía, la más recalentada con el lenguaje de hazañas bélicas que han utilizado con tanta alegría los otrora intelectuales progresistas a propósito de la cuestión nacional, empieza a sintonizar con un discurso extremo que propone una intervención permanente en Cataluña e incluso la supresión entera del sistema autonómico en España.

En realidad, las propuestas de Vox con respecto a Cataluña son solo media vuelta de tuerca adicional con respecto a las que los intelectuales nacionalistas españoles llevan defendiendo desde hace tiempo a través de UPyD primero y Ciudadanos después: recentralización de los servicios básicos, eliminación de la inmersión lingüística, disolución de los Mossos, intervención en los medios de comunicación públicos de Cataluña, prohibición de los partidos independentistas o reformas electorales que impidan que los partidos nacionalistas vascos, gallegos y catalanes obtengan representación parlamentaria, etcétera; en fin, una panoplia de medidas orientadas a conseguir la exclusión del nacionalismo periférico o regional de la política española.

El grueso de la intelectualidad española comenzó a virar hacia posiciones cada vez más conservadoras e iliberales a finales de los años noventa, con las movilizaciones civiles contra ETA y su estrategia de “socialización del sufrimiento”. Coincide en el tiempo con los primeros gobiernos de José María Aznar, quien, con indiscutible astucia, consiguió apropiarse de muchas de las nuevas ideas, atrayendo así a intelectuales que habían tenido simpatía por el PSOE de Felipe González y que provenían de la oposición antifranquista y de la extrema izquierda muchos de ellos.

Lo que había empezado como resistencia ciudadana frente al terrorismo nacionalista vasco acabó siendo una impugnación de los nacionalismos sin Estado y una crítica al sistema autonómico. El lenguaje que se utilizó en esa cruzada anti-nacionalista era grueso, sin matices, descalificatorio y más orientado a ridiculizar y humillar al “enemigo” que a aportar soluciones inteligentes que permitieran encontrar una posición en la que todas las partes se pudieran sentir cómodas. Durante los primeros años 2000, cualquier arribista que quisiera medrar en la esfera pública no tenía más que repetir o exagerar las consignas anti-nacionalistas al uso para publicar en los periódicos españoles, del ABC a El País.

La confrontación con el nacionalismo catalán fue la confirmación definitiva de que muchos intelectuales se habían situado en posiciones excluyentes, pues la gran coartada de la violencia ya no estaba presente. La conexión entre nacionalismo vasco y violencia servía para justificar la crítica sin paliativos a dicho nacionalismo, pero en el caso catalán no ha habido en absoluto violencia (salvo la de las fuerzas de seguridad del Estado). Los intelectuales del nacionalismo español han intentado por todos los medios aplicar los mismos esquemas políticos al problema catalán, forzando el argumento hasta el absurdo: ahora no hay terrorismo, pero sí un golpe de Estado basado en la coacción violenta a los españolistas. De esta manera, se evita un debate dentro de los parámetros democráticos sobre la integración de Cataluña: con los golpistas, como con los terroristas, nada hay que negociar. Frente al golpismo antidemocrático del nacionalismo catalán, los intelectuales españolistas defienden la nación española como garantía de constitucionalismo e igualdad. Véase, a modo de ejemplo, esta respuesta del filósofo Ignacio Gómez de Liaño en una entrevista que publicó recientemente ABC: “Y por eso es importante también que no se empleen tópicos como, por ejemplo, que se llamen fascistas a Vox, cuando los fascistas son más bien los nacionalistas vascos y catalanes.” ¡Vivan los tópicos!

Algunos sienten cierta incomodidad cuando les asocian con Vox y tratan de marcar distancias. Pero como no saben hacer otra cosa, lo único que se les ocurre es alegar que los de Vox son nacionalistas y ellos no: así se podía leer en el reportaje que publicó La Vanguardia (7/1/2019) con declaraciones de los intelectuales fundadores de Ciudadanos. A base de citarse los unos a los otros y de repetir por enésima vez que los nacionalistas son los otros, se han acabado convenciendo de que el nacionalismo español no existe, o que si existe nada tiene que ver con ellos. Al considerar que la defensa de la nación española frente a la amenaza catalana es siempre legítima, han dado cobertura a toda manifestación de nacionalismo español, incluyendo las más intolerantes. Se escandalizan ante las manifestaciones más intransigentes e intolerantes del independentismo catalán, pero luego miran hacia otro lado cuando se trata de nacionalismo español. No hay, en este sentido, imagen más contradictoria que la manifestación convocada por Sociedad Civil Catalana el 8 de octubre de 2017, en la que Mario Vargas Llosa, ante un mar de banderas españolas y proclamas irredentas de unidad nacional, cargó con la dureza habitual contra el nacionalismo.

El uso interesado y carente de rigor del término “nacionalismo” por parte de estos intelectuales nos conduce a un diálogo imposible, en el que las partes sólo juegan a la descalificación mutua. En lugar de interpretar la crisis catalana como un fracaso colectivo, de España y de Cataluña, en lugar de tratar de encauzar el problema hacia un ámbito político en el que se puedan encontrar puntos de acuerdo que desactiven la tensión acumulada, los intelectuales del nacionalismo español han hecho cuanto ha estado en su mano para presentar el asunto como un enfrentamiento entre demócratas españoles e independentistas golpistas y antidemócratas.

En ese clima político, el surgimiento de un partido como Vox no es sino la conclusión inevitable de llevar hasta sus últimas consecuencias los planteamientos que durante tantos años han hecho los intelectuales nacionalistas españoles. Si de verdad los independentistas catalanes son unos golpistas, si realmente el independentismo es un proyecto totalitario y antidemocrático, ilegalicemos sus partidos y suspendamos por tanto tiempo como sea necesario la autonomía de la región. No hay otra salida.

Vox ha encontrado un terreno abonado. Sin la retórica tóxica que se ha creado en España a propósito del conflicto nacional, no lo habrían tenido tan fácil.

CTXT

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