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Jan Rovny: ¿Qué le pasó a la izquierda en Europa?

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El año pasado fue un ‘annus horribilis‘ para la izquierda europea. En Austria, Francia y la República Checa, la izquierda perdió su posición de gobierno, y lo mismo podría ocurrir en Italia en unas pocas semanas. Hoy, solo Portugal, Grecia, Suecia, Eslovaquia y Malta están gobernados por la izquierda. El colapso de 2017 fue impresionante. El partido de los trabajadores holandeses pasó de aproximadamente el 25% al ​​6%; el partido socialista francés pasó de aproximadamente el 30% al 7%. Los socialdemócratas checos pasaron del 20% al 7%. Y el partido comunista checo sacó su peor resultado en sus casi 100 años de historia.

Puede ser tentador conectar el fracaso de la izquierda europea con la reciente recesión económica. Fue durante o tras esta recesión  cuando muchos gobiernos de izquierda (en Gran Bretaña, España, Dinamarca) perdieron sus mandatos. Innegablemente, la recesión, con su costo social masivo, causó mucha inestabilidad electoral y abrió una oportunidad política a diversas fuerzas populistas. Sería ingenuo, sin embargo,  sugerir que la crisis económica fue algo más que un catalizador. Fue un acelerador que acentuó una serie de consecuencias del desarrollo estructural que hemos visto en al menos tres décadas.

El debilitamiento de la izquierda política se ha producido lentamente. Ha sido causado en gran parte  por un profundo cambio estructural y tecnológico que ha alterado la faz de las sociedades europeas, ha cambiado las pautas económicas del continente y  ha dado un renovado vigor  a las políticas de  identidad. En este proceso, los partidos de izquierda tradicionales  no solo han perdido el manejo de   su  narrativa política básica, sino  también gran parte de sus electorados tradicionales. Estos electorados más que “alejarse”  de la izquierda, desaparecieron en tanto que  grupos sociales homogéneos.

¿Qué quedó atrás?

 

Comencemos por el principio,  preguntándonos qué era la izquierda europea en su apogeo. La característica definitoria de la izquierda europea de la posguerra (que era distinta de la izquierda de la Europa oriental de la época) fue la lucha democrática por los derechos de los trabajadores. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de la izquierda europea  rechazó el comunismo y aceptó un camino democrático hacia la emancipación de la clase trabajadora. Durante la edad de oro del desarrollo de la posguerra, la izquierda participó en la construcción de regímenes de bienestar europeos, y donde tuvo más éxito – en Escandinavia – construyó sistemas de provisión de beienestar universales, igualitarios, predominantemente financiados con impuestos y gestionados estatalmente. 

En esta construcción, los partidos de izquierda se han apoyado principalmente en un grupo significativo y relativamente homogéneo de los electorados de clase trabajadora. Estos electorados se definían desde fines del siglo XIX  por un fuerte sentido de pertenencia grupal, o “conciencia de clase“. Esta conciencia se construía desde la cuna y duraba hasta la tumba. Se transmitía de padres a hijos y era cultivada por una gran cantidad de organizaciones asociadas a los partidos, como centros asistenciales, clubes deportivos, sociedades corales, asociaciones de mujeres y otros. Junto con los sindicatos que organizaban a los trabajadores en las fábricas y más tarde en las oficinas, estas organizaciones ayudaron a construir una subcultura de la clase trabajadora que impregnaba lo social y lo político y aseguraba la estabilidad electoral de la izquierda europea.

Seymour Martin Lipset sugirió que el mayor logro de la izquierda había sido la elevación de la clase trabajadora por encima del autoritarismo y hacia el cosmopolitismo propugnado por los intelectuales izquierdistas. Realmente, el éxito general de la izquierda en la captación y  “educación” de los estratos sociales inferiores moldeó profundamente los sistemas de partidos europeos. En Europa occidental, la izquierda política se ha asociado de modo uniforme y contínuo con políticas progresistas no solo en el ámbito económico, sino también en cuestiones no económicas como el medio ambiente, los derechos de la mujer y (lenta y tímidamente) los derechos de las minorías, étnicas y sexuales.

De manera algo paradójica, el éxito de la izquierda precipitó su propio debilitamiento en una forma dialéctica. Primero, la emancipación de la clase trabajadora -principalmente la extensión del acceso a la educación superior- cambió la clase trabajadora y su dependencia de las subculturas y organizaciones de izquierda. En segundo lugar, la función de la izquierda en  la conquista de derechos facilitó a las generaciones más jóvenes  su liberación  personal  frente a las jerarquías tradicionales, incluidas las de la izquierda.

Del proletariado al “precariado”

 

Habiendo vivido en Gotemburgo, en Suecia, visité con mucha curiosidad la fábrica Volvo, en búqueda del proletariado contemporáneo. ¿Qué es lo que vi? Hangares y hangares de cintas transportadoras arrastrando carcasas que se convertían en SUV de lujo en cosa de una hora, mientras   brazos robóticos plateados les agregaban las distintas piezas. ¿Y la clase trabajadora? Vi muy poca. En su mayoría eran mujeres jóvenes, sentadas en cómodas sillas rodeadas de pantallas de computadoras y teclados, escuchando sus iPods … Más tarde supe que estos trabajadores ganan tanto como los profesores universitarios suecos (es decir, mucho).

La clase trabajadora tradicional tal como la imaginamos desde los tiempos de Henry Ford ya no existe. La mayoría de los trabajadores de Volvo con su salario por encima del promedio  y su seguridad laboral  difícilmente puede considerarse como tal. La clase trabajadora de hoy es mucho menos visible y mucho más atomizada. La clase trabajadora de hoy son las masas de trabajadores de servicios no cualificados que predominantemente cocinan, limpian o conducen. A menudo, sus trabajos son a corto plazo o a tiempo parcial, y su salario  bajo. Estas personas no entran en contacto entre sí como lo hicieron los trabajadores tradicionales de la fábrica. En la mayoría de los casos, provienen de diversos orígenes minoritarios y, por lo tanto, están separados por fronteras culturales. En resumen, estas personas tienen una capacidad significativamente reducida de organizarse, y no lo  hacen. Como muestra mi investigación con Allison Rovny, su pertenencia política es débil y, en ausencia de una subcultura formativa, es maleable.

La extensión del acceso a la educación superior ha aumentado la capacidad individual de las personas para procesar información más compleja y tomar sus propias decisiones. Como la educación también trae mejores trabajos, este proceso ha creado más ciudadanos cognitivamente y financieramente independientes. La generación de 1968 optó por políticas socialmente más liberales y menos jerárquicas, formando nuevos movimientos sociales y luego partidos políticos que abrazaron la economía de izquierdas, pero se definieron por su apertura social y cultural.

En este contexto de una clase trabajadora cambiante y de desarrollo de la oferta política, los partidos de izquierda tradicionales se convirtieron en partidos de la nueva clase media, en buena parte del número creciente de empleados estatales de cuello blanco. Al mismo tiempo, la izquierda tradicional respondió al desafío verde adoptando perfiles más ambientalistas y  socialmente más liberales, pero también abandonando de manera lenta e indefectible el nuevo “precariado“: las nuevas clases trabajadoras de los servicios y las personas con empleos más pobres o irregulares. Políticamente arrastrada por el social-liberalismo (de la “nueva” izquierda), y por la moderación económica hacia el centro (preferida por un nuevo grupo de trabajadores urbanos de cuello blanco y “yuppies“), la izquierda tradicional abrió una brecha política: una enorme vacío político alrededor de quienes buscan protección económica y cierto tradicionalismo cultural. La prominencia de este espacio político al mismo tiempo de izquierda y tradicionalista, abandonado por los principales partidos de izquierda, se vería impulsado por otro importante desarrollo estructural: el crecimiento del intercambio transnacional.

Transformaciones transnacionales

 

La caída del Muro de Berlín en 1989 fue un hito simbólico, abriendo no solo la Europa comunista oriental, sino todo el mundo desarrollado hasta un aumento del intercambio internacional. Mi investigación en curso con Gary Marks, Liesbet Hooghe y David Attewell muestra que estas tres décadas han sido testigo de una importante liberalización del comercio internacional, expresada en la formación de la OMC y en la profundización de la integración europea, que siempre se ha centrado en la práctica en la libre circulación de bienes, capital y personas. La apertura de las fronteras europeas, así como varios conflictos a las puertas de Europa y más allá, aumentaron aún más la migración hacia y dentro de Europa.

El aumento del transnacionalismo -de los grandes flujos transfronterizos de bienes, servicios, dinero y personas- es, en primer lugar, un fenómeno económico. Reemplaza los productos nacionales y los trabajadores con alternativas extranjeras más baratas. El transnacionalismo divide así a la sociedad en aquellos que, por un lado,  consumen felizmente productos más baratos, obtienen sus ingresos en sectores protegidos (públicos) o  internacionalmente competitivos, y aquellos que, por otro lado,  ven su sustento amenazado por la competencia extranjera en  forma de productos  y trabajadores importados. El transnacionalismo crea así ganadores y perdedores económicos, que son cada vez más conscientes de su estatus en nuestras sociedades globalizadas.

El transnacionalismo es también, sin embargo,  un fenómeno cultural. Mientras los privilegiados disfrutan de los viajes transfronterizos por negocios y placer en una escala sin precedentes, obtienen experiencias, aprenden idiomas, construyen amistades y, en ocasiones, forman familias a través de fronteras y culturas,  aquellos que tienen medios financieros y educativos limitados viven en un mundo definido por las fronteras nacionales, las costumbres y el idioma. La afluencia de inmigrantes culturalmente distintos a los centros urbanos fomenta esta alienación. Esto abre un cisma cultural entre los cosmopolitas transnacionales, que se concentran en las  ciudades más grandes que adoptan cada vez más el pluriculturalismo, y los tradicionalistas nacionales que  en su mayoría viven en localidades periféricas más pequeñas, temerosos de los inmigrantes y recelosos hacia sus connacionales cosmopolitas que los aceptan.

El transnacionalismo redefine el espacio político disociando el progresismo económico del laperturismo sociocultural. El transnacionalismo asocia el cosmopolitismo con el intercambio económico abierto, y el tradicionalismo nacional con el proteccionismo económico. Al hacerlo, el transnacionalismo rompe la vieja coalición electoral de izquierda. Los trabajadores proteccionistas son apartados de los intelectuales cosmopolitas. Esto nos lleva de vuelta al gran vacío político, a la cuestión de quién representará al nuevo “precariado“, que busca protección económica y tradicionalismo cultural. El transnacionalismo también aumenta la prominencia del antielitismo populista, ya que los tradicionalistas rurales se sienten no representados, rechazados y distintos de la elite cosmopolita, en gran medida urbana. La apelación populista al “hombre común” es una llamada de protección económica y cultural contra las transformaciones del transnacionalismo.

La izquierda fuera de juego

 

Al focalizarse enlas nuevas clases medias, la izquierda dejó que el nuevo “precariado” cayera hacia el proteccionismo nacionalista,y se convirtiera en  terreno fértil para la derecha  populista radical. La derecha  populista radical existe desde hace tiempo. Primero existió como crítica anti impuestos y anti “welfare” de la izquierda; pero luego, en los albores del transnacionalismo, abordó el  tema sensible de la inmigración con un vigor renovado. Atrayendo una amplia coalición de intereses económicos a través de sus borrosas propuestas económicas,  la derecha radical unió su electorado pequeño burgués tradicional a franjas del nuevo “precariado” y superó a la izquierda como la voz política dominante de las clases trabajadoras contemporáneas.

La transformación de la izquierda, sin embargo, ofrece oportunidades para diversas iniciativas  políticas. Como muestra mi próximo trabajo con Jonathan Polk, Bruno Palier y Allison Rovny, en países que experimentaron una crisis económica particularmente drástica durante la recesión, como Grecia y España, donde el “precariado” incluye muchos ciudadanos jóvenes y  educados, el  reto populista lo encarnan partidos radicales de izquierda que piden un retorno a la verdadera política de izquierdas, económicamente intervencionista y culturalmente liberal. En otros lugares,  populistas que evitan  etiquetas políticas comprensibles obtienen apoyo electoral en gran parte a través de los votos de los “precarios” de izquierda.

La transformación del proletariado en “precariado“, junto con el ascenso del transnacionalismo, han reestructurado el campo político. Las políticas de la posguerra vieron los intereses económicos -principalmente la extensión y los contornos del estado de bienestar- como la contienda política dominante, que subsumió o ignoró en gran medida otras divisiones no económicas. La nueva política del transnacionalismo promete ser una política de identidad, con las líneas divisorias definidas por etiquetas etnonacionales, así como por la distinción entre los grandes centros urbanos y la periferia rural. Como lo sugiere mi trabajo con Gary Marks, Liesbet Hooghe y David Attewell, estas divisiones pueden ser tan profundas, rígidas y conformativas, como lo fueron las líneas de clase tradicionales del siglo XX. Estando estas divisiones enraizadas tanto económicamente como culturalmente, las nuevas iniciativas políticas encontrarán más fácil enmarcar sus narrativas en términos basados ​​en la identidad. Por lo tanto,probablemente veremos problemas económicos expresados ​​en discursos no económicos sino de identidad nacional y local.

Este marco de competición es ajeno al de los partidos de izquierda tradicionales, cuya identidad siempre estuvo enraizada en la clase económica. Estos partidos se enfrentan a una lucha para adaptarse a esta estructura dimensional cambiante. Las recientes elecciones presidenciales en Francia y en la República Checa demuestran el cambio, ya que ambos países vieron a un izquierdista autoritario oponiéndose a un centrista liberal en la segunda vuelta, mientras que la izquierda tradicional implosionó. Curiosamente, en el contexto de esta nueva competencia política, Occidente se asemeja al Este, y la corriente principal de la izquierda se ha quedado a la intemperie en ambas partes.

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