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Jordi Évole: Apaguen las luces

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Cuando hacía la EGB, me tocó ir con algún grupo problemático. La típica clase donde había cuatro o cinco gamberretes, de los que yo me acostumbraba a hacer coleguita. Había lío cada dos por tres. Peleas entre compañeros, falta de respeto a algún profe, robos de bocadillos a la hora del patio. Todavía no sabíamos lo que era el bullying, ni el TDAH, pero en aquella clase algún psicólogo se hubiese forrado. Por suerte, nos topamos con un tutor que supo entendernos. Nos dejaba hacer… hasta que la situación era insostenible. Entonces, sin una mala palabra, ni mucho menos una colleja, nos decía: “Ahora voy a apagar la luz, y vais a escribir en un papel aquello que cada uno crea que ha hecho mal”. Y todos nos íbamos calmando mientras escribíamos aquello que considerábamos que no habíamos hecho bien. Luego se encendían las luces y lo leíamos en voz alta ante el resto de compañeros.

Creo que la situación española (y catalana) vive ese momento crítico que necesita un tutor que apague la luz y que nos haga coger un papel para retratarnos. Y este ejercicio no sólo habría que pedírselo a políticos, sino también a jueces, periodistas, tertulianos y a todos aquellos que tienen alguna responsabilidad en haber llegado a una situación cada vez menos sostenible. De ese ejercicio de sinceridad y autocrítica podrían salir frases que leídas en voz alta contribuirían a calmar los ánimos de todos.

“Me podría haber ahorrado recoger firmas contra el Estatut”. “Me envolví en la bandera para despistar a mis votantes hartos de recortes”. “Debería haberme sentado a negociar una nueva financiación”. “Fue una cagada judicializar un problema político”. “Boicoteé productos catalanes”.“Sonreí mientras silbaban el himno español en un campo de fútbol”.“Pensé que amenazando se acabaría toda la movida”.“Me equivoqué pensando que el caso Pujol sería la criptonita del procés”. “No logré los resultados esperados en unas elecciones plebiscitarias y no lo reconocí”. “Engañé a mis votantes diciéndoles que alcanzaríamos la independencia en 18 meses”. “Me flipé cuando dije que iríamos de la ley a la ley”. “La política de ultimátums nos llevó al desastre”. “Envié a miles de policías a reprimir a los votantes de un referéndum que dije que no se celebraría”. “Alenté el ‘a por ellos’”. “Decreté prisión provisional para líderes políticos que deberían haber gozado de libertad al menos hasta la celebración del juicio”. “Utilicé mis informativos para hacer creer que todo el procés había sido un movimiento violento”. “Pusimos al servicio del procés una televisión pública”. “Llamé traidor a aquellos que se salían un milímetro de mis postulados políticos”. “Me pasé tres pueblos hablando de la vía eslovena”. “Pensé que cuanto peor mejor sólo para mantenerme en el poder”. “No fui capaz de decirle a los míos aquello que no querían escuchar”.

Es cierto que algunos han hecho gestos para reconocer errores propios. Sobre todo, entre un sector del independentismo. Pero en ocasiones la autocrítica se acaba compensando con el recurso del “y tú más”. El conflicto es un chollo para al­gunos. No les importa todo lo que ya hemos perdido, que no es poco. Y lo que ­todavía podemos perder. La irrespon­sabilidad es enorme. Y vuelvo a ver actitudes que ya vimos en octubre del 2017: pilotos al ­volante de coches sin frenos que se vuelven a dirigir al precipicio. ¿Cuál será esta vez el resultado del ­accidente?

Muchos de los que nos han llevado a esta situación olvidan que les elegimos para intentar resolver problemas, no para provocarlos. Ojalá lean al experto belga en resolución de conflictos Thomas d’Ansembourg: “Hay más alegría en intentar resolver conflictos que en lograr agravarlos, porque también hay más alegría en el encuentro verdadero y la constatación de nuestras responsabilidades recíprocas que en la defensa desesperada por no tener razón o en el enfrentamiento también desesperado por sí tenerla”.

La Vanguardia

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