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Jordi Font: Eduardo Martín Toval, en los orígenes del PSC, del pacto constitucional y del Estatut

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Era uno de los autores de la Guía jurídica del trabajador”, el vademecum de los sindicalistas bajo el último franquismo. Venía de los ambientes cristianos y progresistas de Málaga, había cursado Derecho y había accedido a la inspección del trabajo. Como inspector, llegaba a Barcelona, en 1967, incorporándose también a la Universidad Autónoma de Barcelona como a profesor de Derecho del Trabajo. De 1970 a 1972, militó en la ’ORT (Organización Revolucionaria de los Trabajadores), pasando después a impulsar el grupo El topo obrero, dentro de las CCOO (Comisiones Obreras) de Barcelona, integrado por trabajadores de izquierda no comunista, incipientemente autogestionaria. A finales del 1974, en contacto con el Nucleo Impulsor de CSC (Convergencia Socialista de Cataluña), que había lanzado el llamamiento “Por la unidad de los socialistas de Cataluña”, pilotó la incorporación de dos grupos procedentes de El topo obrero, que darían lugar a dos corrientes opuestas dentro del socialismo catalán: el “ugetismo” y el “frentismo”.

Estábamos aun en el ideologismo propio de la clandestinidad, pero se abría paso a marchas forzadas el tránsito de la cultura de resistencia hacia la cultura de proyecto. El socialismo catalán, en ese contexto, sería una auténtica escuela, con interacciones especialmente fecundas. La más importante, sin duda, la que se produciría entre la gente del catalanismo de izquierdas y la gente de izquierdas procedente de la inmigración. Había una clara conciencia del crisol que era preciso articular en la etapa de eclosión democrática que llegaba, de manera que el espectro político catalán resultante garantizara la unidad civil del pueblo de Cataluña. Eduardo Martín Toval lo entendió y lo jugó a conciencia. Fue eso lo que nos llevó a precipitar el acuerdo con la Federación Catalana del PSOE. El lerrouxismo enseñaba la patita y hacía falta cerrar filas. La memoria colectiva nos decía que era el peor de los males, porque podía escindir al pueblo de Cataluña en dos comunidades en conflicto y porque eso podía frustrar también la unidad de los trabajadores. De ahí salió el Pacto de Abril, acon la candidatura Socialistes de Catalunya a las elecciones de junio de 1977.

Ésta sería la candidatura ganadora y resultaría ser la clave para forzar el retorno de la Generalitat exiliada. Sánchez Terán lo cuenta: no fue hasta el día después, con los resultados de las elecciones a la mano, que Suárez empezó a considerar la carta Tarradellas. Tuvieron un papel clave Joan Reventós, Raimon Obiols y Eduardo Martín. Éste último acompañó al primero a entrevistarse con el Rey y con Suárez exigiendo el retorno de la Generalitat.

Pronto, el RSDC (el Reagrupament) se incorporaría al proceso de unidad socialista, que culminaría con el congreso de julio de 1978 del qual surgiría el actual PSC. Eduardo Martín haíaa sido, sin duda alguna, uno de sus padres. Diputado a Cortes, tendría ahora un papel importante en el pacto constitucional, con el apoyo valioso de José Antonio González Casanova. Pero eran momentos trepidantes y, el 1980, Eduardo Martín pasaba al Parlament de Catalunya, donde ejercería de portavoz y tendría de nuevo un papel decisivo en la elaboración del Estatut de Catalunya (Comissión de los Veinte) y también en la determinación del modelo lingüístico catalán, con la escuela común como clave de bóveda.

El 1981, con Ernest Lluch, ensayaría una mayoría alternativa dentro del PSC, que acabaría en una dirección de integración y de reencuentro. El 1982, volvería a Madrid, ejerciendo de de secretario general del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados y pronto de portavoz y de presidente, hasta 1993. No dejaría nunca de esgrimir un sesgo izquierdoso y, en su momento, discrepante del moderantismo de quienes se llamaban renovadores. Pero esta es ya otra historia en la larga vida política de Eduardo Martín Toval. Siempre, eso sí, con su enorme, titánica, capacidad de trabajo y con la socarronería juguetona de quienes optan por no hacer demasiados espavientos y más bien contemporizar con el espectáculo de la condición humana.

 

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