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Nicola Zingaretti: Manifiesto por un nuevo Partito Democratico

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Espero que la reunión de la dirección nacional del PD que tuvo lugar hace pocos días sea el comienzo de una discusión (a desarrollar en los próximos meses entre los inscritos y  votantes del partido) amplia, sin reticencias, no vindicativa, ni oportunista.

La derrota que hemos sufrido es dramática. Hemos pasado, después de 5 años de gobierno, del 25% al ​​19% de los votos. Se trata, después del referéndum y de las elecciones locales, de la tercera derrota consecutiva. La caída es sustancialmente similar en todo el territorio nacional.

Es el carácter de esta derrota lo que inquieta mucho y requiere que reflexionemos diciéndonos la verdad:

el voto, incluso el contrario a nosotros, fue un voto popular. En el pasado se habría dicho “de clase”. No como  expresión de una clase homogénea y políticamente consciente; sino como  expresión de la parte del país que peor lo pasa, marginada y privada de fuerza: no se trata solo de los “últimos” sino  también de los “penúltimos” y de sectores sustanciales de la clase media que está desapareciendo gradualmente. Y no plantea únicamente cuestiones de ingresos, sino generacionales y también de  calidad de vida, de los servicios, de la seguridad social, de la soledad que se siente  ante  los grandes  procesos que afectan a Italia y al mundo. Estoy convencido de que, incluso en el voto No en el  referéndum constitucional, más allá de la sustancia, se puso ya de relieve esta fractura: la opción por el  percibida como el voto civil y razonado de los  que tienen un status asegurado y el voto del No  como  expresión de una ira que crece desde abajo.

El M5S y la Lega han recogido los frutos de esta conmoción. De manera diferente; pero ambos simplificando los mensajes, demagógicos, seductores, y poco realistas; basados en una respuesta directa a los viejos y nuevos miedos del electorado italiano. Es del todo evidente que nuestro sitio  está en la oposición; aunque no debemos dejar ni un momento de hacer política. El combate  se libra hoy:  no podemos reconstruir nuestras estrategias en una campana de vidrio. Es necesario combatir sin concesiones en los contenidos y valores las fuerzas políticas que han ganado y que tienen el deber de proponer una solución para el gobierno de Italia; y, al mismo tiempo, ser conscientes de que el electorado que se ha inclinado por los ganadores es en gran parte  nuestro electorado, que hemos de ser capaces de recuperar poco a poco y con el que hay que establecer un diálogo. La lectura de los flujos, positivos para nosotros, en la victoria en Lazio es, en este sentido, emblemática.

No es extraño que el resultado de las elecciones estuviera marcado por una explosión de ira.

La crisis ha golpeado duro en los últimos años. La desigualdad ha aumentado como nunca antes en la historia de la posguerra. Los datos de la Banca de Italia nos dicen que uno de cada cuatro italianos en 2016 estaba en riesgo de pobreza. Durante años, los ingresos de los trabajadores y empleados han reducido su poder adquisitivo, mientras que las riquezas financieras e inmobiliarias y los beneficios han aumentado enormemente. Al contrario de lo que sucedió en los “treinta años gloriosos” de la democracia europea, la brecha entre los de abajo y los de arriba se ha hecho muy grande e insoportable. El malestar afecta a las periferias  materiales, pero también a lo que alguien ha llamado las periferias del alma. Porque, ahora, a excepción de los sectores más altos y privilegiados de la población, la percepción de la soledad y el abandono se ha extendido en una vida moderna sin calidad y privada de redes humanas y civiles.

Esta condición ha desgastado la dimensión de “comunidad” como intercambio de valores y prácticas positivas y ha cedido terreno a la búsqueda de identidades motivadas por el miedo.

La cuestión que debemos indagar con coraje es: ¿Por qué, al contrario de lo que ha sucedido en general (salvo en la fase del totalitarismo de los años 30),  la fractura social no la hemos sabido interpretar nosotros? ¿Por qué no hemos sabido convertir la rabia en esperanza?

Sin duda hay una responsabilidad específica nuestra; de la izquierda italiana.

El Partito Democratico  fue un gran intento de innovación. Su ambición inicial era adecuar no solo los programas, sino también las formas políticas, las relaciones de los ciudadanos con las instituciones y la democracia. Hoy podemos decir que, a lo largo de los años, esta ambición se ha debilitado hasta casi apagarse. Ha prevalecido la preocupación, también comprensible, por el gobierno. En todos los niveles. Han prevalecido las ambiciones de sectores políticos, con historias ricas en sus espaldas, pero incapaces  de combinarse  y de establecer un nuevo organismo político unitario. Esto explica la multiplicación de las corrientes, las ambiciones de las carreras personales, un ciclo continuo de ansiedad por conquistar posiciones de poder e instituciones. Nosotros, que habíamos soñado con el comienzo de una fase política más fresca y humana, hemos caído en los antiguos y agotadores ritos del pasado, a veces peores porque estaban justificados únicamente por lógicas personales y eran promovidos por figuras de escaso arraigo social.

La combinación de un perfil exclusivamente de gobierno, inevitablemente concentrado en la responsabilidad y el respeto por las compatibilidades , y la degeneración de nuestras prácticas concretas nos han alejado cada vez más del sentir del pueblo.

De ahí nace la percepción generalizada de nuestra actitud altanera, autorreferencial, sorda, con respecto a los conflictos y movimientos surgidos incluso en contraposición con algunas de nuestras decisiones en el gobierno. Y nace también  una descripción demasiado optimista de los resultados que hemos obtenido al dirigir el país; que rara vez, o al menos no en una medida suficiente, han cambiado con rapidez la vida real de las personas.

Poco a poco hemos aparecido como un colectivo desprovisto de alma y sostenido solo por el ejercicio del poder.

A pesar del “decisionismo” de Renzi, nos hemos enfrentado al reto electoral de una manera confusa y dividida. Entre mil dudas y sin fortaleza de ánimo. Tal vez por primera vez en la historia de la izquierda italiana desde el período de la posguerra hemos pedido el voto sin tener una propuesta clara de gobierno para el futuro de Italia. Y lo que impacta en los días posteriores a las elecciones es la dificultad de una reacción con respecto a la profundidad de la derrota sufrida. Como si la ausencia demasiado prolongada de una batalla cultural, de formación de las conciencias, de construcción de un sentido común de desafío diario por la hegemonía de ideas en los territorios, nos hubiera arrojado a un desierto difícil de cruzar, una vez perdido el cetro de mando.

¿La responsabilidad de lo sucedido es solo de Renzi?

Decirlo no sería cierto, sería poco generoso y, para todos, auto absolutorio. La crisis tiene raíces lejanas. Argumentarlo requeriría un análisis que no puede realizarse en estas pocas páginas. Se halla, sin embargo, en la dificultad  que el conjunto de las fuerzas democráticas y progresistas han tenido para la regeneración de la democracia italiana tras el colapso de los partidos de masas y el final de la Primera República. Sin las viejas ideologías y los viejos canales de comunicación con los ciudadanos, y con el fin de viejas certezas y mitos consolidados, no hemos logrado regenerar una lectura crítica de la sociedad, moderna y eficaz. No hemos sabido aguantar la poderosísima ofensiva material y de pensamiento del neoliberalismo, que en Italia ha tenido la variante insidiosa de Berlusconi.

Yo no le voté, pero hay que reconocer que en algún momento, Renzi reavivó la esperanza,  agitó  las aguas, puso en juego la ambición de una renovación general de la República, volvió a apasionar la gente,y pareció  ser capaz de unir radicalidad de pensamiento, innovación y ampliación de nuestros límites mentales y electorales.

Con calma, tendremos que discutir porqué este impulso se ha agotado en tan poco tiempo, entre divisiones, recriminaciones, errores, fanatismos recíprocos. El hecho es que frente a  la dificultad (en ciertos aspectos inevitable) de la acción de gobierno y en la relación con las diferentes categorías de trabajadores, Renzi se aisló poco a poco, restringió a unos pocos el puente de mando,  subestimó sugerencias y críticas sinceras,  hizo de sus opciones un credo abstracto que debía ser perseguido a toda costa, se alejó, en nombre de su reformismo “radical”, de la vida del país real. Así, perdió empatía,  capacidad de movimiento político,  espacio para la reflexión y la confrontación con los organismos dirigentes capaces de corregir el curso de las cosas.

La derrota sufrida es sin duda la combinación de estos dos elementos: una crisis que viene de lejos y un momento contingente en el que nuestro líder,  de gran valor añadido, se ha convertido en el blanco político de una multitud de fuerzas adversas. Ahora, como dijo Martina en su buen informe ante la dirección, debemos comenzar de nuevo con humildad, colegialidad e inclusión. Sabiendo que el mismo Renzi sigue siendo una energía fundamental del PD, también en el futuro.

No sólo son las responsabilidades específicas de la izquierda italiana las que nos han llevado a este punto tan negativo.

Hay un marco europeo e internacional que muestra que la mayor parte del movimiento socialista democrático está en grandes dificultades. Hemos sufrido golpes en todas partes: en España, en Francia, en Alemania. Los signos de una contratendencia sólo se han producido en el Reino Unido, donde, sin embargo, no hemos conquistado el gobierno.

Las razones son muchas, pero hay una que es la decisiva: el frente progresista no ha aguantado el embate  de los grandes procesos de globalización. En el pasado siglo, la socialdemocracia estableció  compromisos beneficiosos en el marco de los estados nacionales. La posguerra europea nos recuerda  esta lucha democrática entre en capitalismo en rápida recuperación que se entreteje con la promoción material, social y cultural de las clases trabajadoras y el pueblo, gracias a fuertes luchas de masas. Cada país encontró su camino, pero en cada país se verificó este progreso.

Hoy en día ya no es así. Las políticas nacionales se regulan en gran parte mediante las compatibilidades impuestas por el gobierno europeo. Mientras que los capitales financieros y la localización de las empresas se mueven libremente, escapando de cualquier red que pueda regularlos  en la dirección de los intereses de los ciudadanos y del bien común.


Es el drama de una Europa a medias.
Sin Europa, no hay ningún futuro frente a la potencia de China, India, Estados Unidos. Pero una Europa a medias corre el riesgo de mostrar sólo el perfil sombrío de la austeridad y de los preceptos vinculantes; sin promover las decisivas políticas comunes y democráticas que nos permitirían navegar juntos en el mundo globalizado y promover las opciones necesarias para un crecimiento de calidad.Sin una gradual pero sustancial unidad política europea no podremos conquistar lo que hoy parece urgente: una política de defensa común, una fiscalidad homogénea, un instrumental financiero y económico compartido capaz de poner en marcha inversiones potentes, sostener las rentas, defender  y extender los servicios, proteger el medio ambiente, apoyar la investigación, las universidades y la cultura.

Mientras tengamos las manos atadas como europeos, vamos a sufrir los golpes de un mundo que se mueve rápidamente,  sin poder responder.

Europa, por lo tanto, es el frente principal en el cual luchar. Estamos en el filo: o el cetro de la soberanía democrática se mueve hacia allí,  en una forma totalmente nueva de relación de aquellas instituciones con los ciudadanos del continente,  que reconocerán su legitimidad sólo cuando se vean capaces de controlarlas de manera transparente, de percibirlas como cercanas y representativas y  basadas en el consenso y la participación; o, dado que el tamaño de los estados nacionales está ya fuera de escala, prevalecerá el impulso localista, xenófobo, parcial y egoísta. En medio del vado no es posible  quedarse. Lejos del “soberanismo”, el voto roto del 4 de marzo nos da peligrosamente la medida de  una Italia dividida e impotente.

Si tuviera que decir, por lo tanto, no los programas, sino los puntos de referencia sobre los cuales movernos, para abrir una fase nueva y participada de profunda regeneración del campo de las fuerzas políticas, sociales y culturales del centro-izquierda, señalaría de manera sintética:

1. Hacer emerger de nuevo el partido en la vida real. No sirve una llamada genérica a estar con la gente. Tal como somos serviría de muy poco. Necesitamos el objetivo político preciso de una forma de partido nueva, capaz de superar aparatos burocráticos,  prácticas autorreferenciales y corrientes de poder. Que piense  en una vida asociativa diferente, estimulante, abierta, que ofrezca oportunidades e inclusión  a aquellos que quieren sentirse parte del  PD y no afiliados al  “jefe” del momento. No podemos vivir los momentos colectivos de identidad solo en los momentos divisivos de las primarias. Y luego, un partido capaz de construir los lugares de una participación que decide, también  a través de formas permanentes de democracia directa; con las cuales  componer una doble “civilización”: la de los ciudadanos que han retrocedido en su sufrimiento al mensaje apodíctico y populista de los demagogos,  y la del conjunto de nuestras elites poco habituadas a la confrontación directa con la vida real y la búsqueda intelectual, programática e ideológica.

2. El trabajo de este nuevo partido debe recuperar un punto de vista crítico. Existimos para cambiar las cosas en el sentido de una mayor justicia y de una  liberación de las mejores energías de la sociedad; la abertura máxima a una confrontación contínua y de masas sobre las opciones programáticas, tácticas o de  gobierno que  hay que tomar, por lo tanto, debe entrelazarse con la reafirmación de nuestro sistema de valores. Renovado a la luz de hoy, pero bien arraigado en nuestra misión histórica. La derecha de hoy basa su fuerza en inventarse el chivo expiatorio de los problemas.  Nosotros debemos ser los más creíbles para resolverlos.
3. La cuestión europea debe colocarse en el centro de todo.

4. Necesitamos refundar un campo porque la crisis afecta a todos. No hay que confundir el legítimos orgullo del partido con el error de la arrogancia y la presunción. No todo lo que no es PD es adversario nuestro. En el territorio y en la sociedad, y esto es cada vez más evidente, viven las más diversas formas de agregación social, política, listas cívicas y asociaciones, alcaldes  independientes que representa una inmensa riqueza de la democracia y pueden representar un importante valor añadido si se implican, de forma eficaz , más directamente en el terreno político. Debemos tener la humildad de  intentarlo. Permitidme citar el resultado de mi región: a una alianza más amplia, corresponde un PD más fuerte. Con demasiada facilidad hemos eliminado que en los municipios y regiones hay sistemas electorales mayoritarios con elección directa. Un PD aislado nos condena (como lamentablemente está sucediendo) solo a la derrota.

5. Ayudar al crecimiento de una generación más culta, consciente y libre, no solo dentro del partido, es una opción prioritaria para nuestra idea de país. La cuestión dramática del riesgo de marginación juvenil  se entrelaza cada vez más con una crisis de sentido, existencial y humana, que lleva a muchos muchachos y muchachas a alejarse no sólo de la política, sino de toda experiencia  relación auténtica y formativa con los demás. En cambio hay una cuestión juvenil diferente y nueva que nadie parece ver. No se trata solo de cumplir un deber hacia ellos. Para hacer frente al destino de Italia necesitamos a los jóvenes. Aprender de ellos.  Poner en el centro de un nuevo modelo de desarrollo su creatividad, fuerza, inteligencia e imaginación. Para reactivar el país se requiere una nueva inversión neta en capital humano, empezando por los jóvenes, o Italiano saldrá adelante. Una inversión general no solo en las élites sino en el “pueblo” de los jóvenes: porque sirve en igual medida el científico que tendrá que inventar y el nuevo mecánico que tendrá que reparar.

 Por lo tanto, es necesario coraje y capacidad para regenerar todo el campo de democracia. Hay un largo camino por recorrer. Me siento comprometido, en las formas que decidirá la política, a echar una mano: porque el momento no permite a nadie retirarse a posiciones protegidas y tranquilizadoras.

Nicola Zingaretti

partitodemocratico.it

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