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Pablo Simón: El procés y dejar de cavar

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1. En mi humilde opinión, el procès siempre ha sido como una cebolla: tenía capas. Siendo fruto de una peculiar confluencia entre la competencia por la hegemonía de partidos nacionalistas, movimiento social de base e insurrección institucional; estando alentado por factores políticos diversos a nivel catalán y estatal desde 2010 (cosa ya bastante tratada), creo que el procés tiene dos niveles. De un lado, el de los verdaderamente convencidos con que la independencia está a la vuelta de la esquina y es factible. Del otro, los que consideraban que esta dinámica no era sino una apuesta para forzar al Estado a negociar.

2. Un juicio orientado exclusivamente a los resultados de la acción política solo puede ser negativo, en global, para ambos sectores. El autogobierno de Cataluña está suspendido vía artículo 155, la cúpula política del independentismo está en prisión y Ciudadanos no sólo ha sido primera fuerza en Cataluña, sino que apunta un buen resultado en España. Mientras, la República ni está ni se la espera. Si había quejas sobre el proceso de recentralización a partir de la sentencia del Estatut en 2010 o de las políticas del gobierno del PP, no sé dónde nos deja el actual estado de postración de la Generalitat de Cataluña. Se ha pasado del procés al retrocés. Los eventos de estos meses han sido un regalo para muchos sectores que jamás han creído en la descentralización y estaría bien ser consciente de esto porque para salir de un agujero hace falta dejar de cavar.

3. Tres (fatídicos) lemas procesistas. Només depèn de nosaltres: La creencia de que es posible la independencia y doblar el brazo al gobierno estatal exclusivamente con los apoyos políticos dentro de Cataluña. Es dudoso que se pueda hacer un referéndum o una secesión en un marco liberal democrático sin acuerdo. La vía unilateral, la DUI, no sólo ha roto a los catalanes, también ha cegado el espacio para cualquier negociación. Tenim pressa: La idea de que debe ser ahora o nunca. Por eso fueron las elecciones plebiscitarias antes que las Generales de 2015 – no sea que se abriera un escenario nuevo de negociación. Se pensó que cinco años sostenidos de “demanda” del referéndum eran suficiente para empujarlo a toda costa, sin siquiera esperar un cambio de gobierno en España o tejer complicidades con partidos estatales que compartían la demanda. Ho volem tot: O referéndum, o referéndum. No hay margen para grises, ni para acuerdos graduales, ni para mesas intermedias que blindaran el autogobierno. Y saltado todo por los aires ¿Ahora qué hacemos?

4. Que Mariano Rajoy nos ha arrastrado a una crisis constitucional sin precedentes es indudable. En ningún país del mundo se entendería que, si casi la mitad de la población de un territorio se quiere marchar, no se abra un escenario de negociación. Opciones no faltaban. Una mesa de reforma constitucional en el 2014, cuando lo más crudo de la crisis había pasado. Una línea de comunicación con los sectores moderados del catalanismo político para tejer alianzas. Alguna propuesta que al menos interpelara a la sociedad catalana – no necesariamente a sus líderes. Nada se hizo y confío que, en algún momento, alguien pida responsabilidades al presidente del gobierno por habernos llevado hasta aquí.

5. Ahora bien, sus adversarios independentistas se han metido con gran alegría en la boca del lobo. Ignoro si de verdad alguien pensaba que España era un estado fallido, pero el error de cálculo parece importante. Con un 70% de apoyo en Cataluña la secesión sería imparable, con el apoyo de China o Estados Unidos también. Ninguna de esas condiciones se cumplía. Las consecuencias ahora están siendo fatales porque la judicialización del conflicto por parte del gobierno ha activado el automatismo de una máquina imparable que no deja margen para negociar. La decisión de atarse a los jueces no es neutral, por supuesto, sino rabiosamente militante a favor del statu quo.

6. Creo que hay quien piensa de verdad que lo que se hace desde el 6 y 7 de septiembre, cuando se produce el viraje hacia el RUI (referéndum unilateral de independencia), cuando se erige el Parlament en poder constituyente con las leyes de desconexión, cuando se proclama la independencia (primero la puntita, luego integral) se trata de actos de desobediencia civil. Sinceramente, ya hubiera querido Rosa Parks tener detrás de sí el estado de Alabama en sus actos de desobediencia. Esto es otra cosa. Se trata más bien de colocar al Estado en Cataluña (que es la Generalitat) fuera de la ley dejando a la mitad de los catalanes fuera de una institución que es de todos. Ahora que muchos hablan del libro “How democracies die” está bien recordar que, junto a la tolerancia, la contención en el ejercicio del poder desde las instituciones también es clave para sostener la democracia. Si se alega que España ha fallado en lo primero, no hay duda de que los independentistas lo han hecho en lo segundo.

7. La polarización ha roto la hegemonía del catalanismo político, transversal, tejido durante décadas y que tenía la simpatía de sectores de la izquierda española. Quebrada la idea de un sol poble, ahora Cataluña tiene dentro de sí dos naciones que cada vez se sienten más alejadas entre sí. Tal vez alguien pensaba que a España le iba a preocupar la importantísima erosión de su crédito internacional. Que le iba a preocupar su evidente pérdida de legitimidad en Cataluña. Craso error. Si el Estado ha podido sobrevivir a un tercio de los vascos que viven de espaldas a España (en condiciones mucho más crudas) esto no tiene por qué ser muy diferente. Tal vez hay quien confía en que construyendo un argumento de causa justa vendrá la UE o la ONU al rescate, pero lo cierto es que espera en vano. Esto empieza y acaba en Cataluña porque no se ha entendido que cuanto peor, peor. No hay más.

8. Tras el 21D desencallar la situación es difícil porque el soberanismo tiene mayoría parlamentaria de la manera más complicada posible. JxC por delante de ERC en torno al “candidato legítimo”, la mitad de los líderes independentistas en el exilio o en prisión y una ruptura de este bloque en mil pedazos (sectores del PDCat contra Puigdemontanos, la CUP contra todos insistiendo en la desobediencia, ERC buscando des-escalar sin éxito, los CDR reemplazando a Omnium y ANC en la calle). De un modo o de otro el reloj está en marcha y hasta el 22 de mayo tienen de plazo, pero hay tantas heridas, se vive en tal shock desde el 1 de octubre, que virar la nave va a ser difícil. Sigue estando sobre la mesa saber quién y para qué.

9. Tras elegir gobierno, haya o no repetición electoral, quizá el mejor escenario sea el de una guerra fría entre Barcelona y Madrid para ir, poco a poco, abriendo el marco para una negociación. Sin embargo, esto va a ser costoso porque la unilateralidad ha hecho todo complicadísimo. La propuesta de referéndum – que por primera vez tenía en España 5 millones de votos detrás – queda tocada de muerte. Blindar autogobierno en una reforma constitucional será entendido como “ceder al chantaje independentista”. La asimetría y la bilateralidad son impensables en el corto plazo, y eso que los partidos nacionalistas catalanes han co-gobernado España la mitad de la democracia. Sigo pensando que solucionar el conflicto pasa, de un modo o de otro, por un acuerdo y un refrendo de este (en un orden u otro). Pero esto ya no va de solucionar la cuestión, sino de ganar. Y cuidado porque un equilibrio que implique una Cataluña irredenta, unas instituciones minoradas, es sostenible para el conjunto de España. La cosa puede quedar enquistada sine die.

10. La vía judicial, además, seguirá complicando todo. No se va a detener, es lenta y va a generar más distorsiones. Es insoslayable que desde septiembre se cometen ilegalidades y se debe pagar un precio por ello. Ojalá no se hubiera llegado hasta aquí pero ya no tiene remedio. Sin ser jurista, malversación y desobediencia parece que son indisputadas. Leyendo a especialistas me parece que el cargo de rebelión está fuera de lugar, igual que las prisiones provisionales. De los procesos internacionales nada sé, así que ojalá tener a más sistemas judiciales implicados le añada las máximas garantías al proceso. Ahora bien, dado que el juez es autónomo, poco margen hay porque ahora es Llarena quien controla los ritmos de la política. Todo más complicado que nunca.

Y sin embargo…

Una coda optimista: Salvo la muerte todo tiene remedio y si se ha podido, en condiciones más complicadas, ir retejiendo en Euskadi, estoy convencido de que también se podrá en Cataluña. Se tendrá que hacer de otra manera y desde otras coordenadas políticas porque ya se ha sacado la pasta de dientes del tubo, pero puede hacerse. Eso sí, cuanto antes nos pongamos manos a la obra mejor porque si algo es seguro es que esto va para largo.

Politikon

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