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Raimon Obiols: Catalanismo, crisis, identitades

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Desde posiciones antagónicas y confrontadas, unos plantean la independencia de Cataluña y otros la liquidación de su autogobierno. Tienen, además, un adversario común: el catalanismo. Lo presentan como una “bandiera de fiesta già scorsa,  para decirlo con palabras del poeta Salvatore Quasimodo:  la bandera de una fiesta que acabó.

A mí me parece exactamente lo contrario. Estoy seguro de que el catalanismo tiene una prolonfaga vida  por delante, justamente por el hecho de que nosotros, y las generaciones que vienen, ni veremos una Cataluña independiente ni tampoco una Cataluña asimilada, sumisa o sometida.

En el juego de sillas musicales de la historia, Cataluña se quedó sin Estado propio. Un “Portugal mal réussi“, dicen que decía el general De Gaulle. Pero se ha mantenido como una realidad nacional persistente y de larga duración, con sus rasgos comunes de sentimientos y sensibilidades, actitudes, símbolos e imaginario, lengua y cultura, formas de vida, mentalidad individual y colectiva. Esta realidad ha mostrado tanta permanencia y resiliencia a lo largo de los siglos, que hay motivos más que fundados para creer que se proyectará en el futuro (y con ella el catalanismo), sean cuales sean las circunstancias, las correlaciones de fuerza, los cambios y las dificultades.

Desapareceremos, vendrán nuevas generaciones y tanto el hecho vivo de Cataluña como la cuestión de su relación con España ( “Necesidad de unión e imposibilidad de amalgama”, decía Nicolau de Olwer) continuarán. Esto, como en el pasado y en el presente, seguirá generando energía y malestar, excelencia y frustración, iniciativas y dolores de cabeza, proyectos y esperanzas, avances y retrocesos, ocasiones perdidas y objetivos alcanzados. Partir de esta realidad, en política, no significa conformismo o conllevancia, sino realismo y responsabilidad. Porque sólo es responsable la política que tiene en cuenta las posibilidades concretas de lo que se promete y las consecuencias concretas de lo que se hace.

Expresando esta certeza en la vigencia futura del catalanismo no pienso en esencias eternas. Cataluña cambiará, pero su cambiante realidad seguirá durante mucho tiempo; y con ella persistirán una identidad y una causa comunes, por el simple hecho, contundente y demostrado, de que los catalanes y las catalanas, aunque quisiéramos, y está claro que no lo queremos, no podríamos ser otra cosa.

Ello no implica pensar que todos los miembros de la comunidad compartan unos sentimientos de identidad unánime y homogénea. Lo desmienten todas las encuestas realizadas en Cataluña en las últimas décadas, y lo muestran tristemente las grietas y confrontaciones que han aparecido en Cataluña.

Este pluralismo de los sentimientos de identidad no sólo no cuestiona los objetivos de las izquierdas catalanas de la Transición ( “Somos y seremos un solo pueblo“, “La lengua no nos dividirá“), sino que refuerza su necesidad. Quienes hoy ponen en cuestión estos objetivos (reaccionando, supongo, a que el independentismo los invoca para minimizar los efectos divisivos de sus errores monumentales), deberían decirnos si preferirían una sociedad indefinidamente escindida y confrontada por razones de lengua o de sentimientos de identidad.

Que en Cataluña vivimos una crisis grave e inédita es evidente. No deberíamos separarla de las que se viven en Europa y en el mundo. En todas partes surge una realidad que inquieta a cualquiera con sentido común: guerras, terrorismo, migraciones, precariedad laboral, desigualdades, incertidumbres, crisis de la política. Hay mucha gente, en este contexto, que pide identidad, seguridad, promesas de futuro .

En Europa, la manipulación de esta inquietud está produciendo políticas soberanistas, nacionalistas, identitarias, que toman un carácter de impostura mediante la manipulación de las emociones, la explotación de los miedos, la mistificación de la historia, la simplificación maniquea de los problemas del presente y la oferta de falsas promesas de futuro. Se están creando y manipulando guetos mentales, excitando las actitudes de reacción contra los otros, los diferentes, los extranjeros, presentados como enemigos.

Cuando estos discursos tienden a interpretar y cambiar la identidad de los otros, se producen reacciones y conflictos fulminantes. Las políticas de fabricación y aprovechamiento de la confrontación de identidades son potencialmente tan catastróficas, han producido a lo largo de la historia tantos engaños y tragedias, que  hoy, en Cataluña, en España y en Europa, es necesario el rechazo radical de estas políticas de excitación de identidades confrontadas.

Toda política democrática responsable debe respetar las identidades personales y colectivas como algo sagrado. En Cataluña, ésto implica recuperar y reforzar los sentimientos de pertenencia común de todos los ciudadanos, hayan nacido donde hayan nacido y tengan la lengua materna que tengan; garantizar la unidad civil del pueblo de Cataluña, su conciencia colectiva, su voluntad democrática común.

En Cataluña  y España se acerca un momento de rectificaciones, que no serán colectivas: nos equivocamos en grupo y corregimos en solitario. Un reto que se planteará será el de una generación fascinada por el magma emotivo del identitarismo, la excitación épica de las grandes manifestaciones, el odio antagonista estimulado por los nacionalismos, la simplificación telegráfica de los mensajes, el maniqueísmo primitivo y ofensivo de las redes. Lo han vivido como un panorama único, apenas sin otros referentes, sin otra memoria. Es el medio natural donde han dado sus primeros pasos, se han politizado, se han construido como ciudadanos. Para ellos, otra opción será difícil, desconcertante, quizás traumática.

No bastará con las lecciones de la realidad, con el progreso de nuevos proyectos. En una sociedad resquebrajada por motivos de lengua y de sentimientos de identidad, con una política escindida entre ungidos y excomulgados por un nacionalismo y por el otro, será vitalmente indispensable el coraje de la concordia.

El reto que se plantea, en esta crisis, es la “mano izquierda” de una política tenaz e inteligente, que mantenga firmes los objetivos de unidad civil, cohesión y excelencia en Cataluña y en España; y de alianzas y negociaciones externas, en Cataluña,  España y  Europa. Sólo así podrán superarse las divisiones y confrontaciones inútiles y las batallas perdidas.

Bruselas, 17 de octubre de 2018

 

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