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Raimon Obiols: “Donde hay peligro, crece también lo que salva”

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1. La “vieja dama” (como llama José Luís López Bulla a la correlación de fuerzas) fue determinante en el paso del franquismo a la democracia y lo fue también en el pacto constitucional. En los últimos años se han levantado voces diciendo que una y otra cosa, la Transición y la Constitución resultante, «deberían haberse hecho de otra manera». Los que piensan que  podrían haberse hecho mejor están en su perfecto derecho, y en abstracto tienen razón. Si la afirmación se hace en este sentido, puede compartirse: hubiera sido mejor que el cambio se produjera de manera más nítida. Siempre he creído que se habrían evitado las servidumbres y contradicciones de aquella transición en claroscuro si la correlación de fuerzas en el conjunto del Estado hubiera sido más favorable a los sectores unitarios de la oposición democrática y popular, como lo fue en Cataluña en el tardofranquismo y en los resultados electorales de junio de 1977.

Otra cosa son las caricaturas interesadas. La Transición y la Constitución ni fueron el resultado de un designio previsto y controlado desde arriba por unos pocos personajes clarividentes, ni fueron el resultado de las cesiones de un pactismo entreguista. Fueron el fruto de duras luchas democráticas y populares en una determinada correlación de fuerzas. Afirmar que las cosas deberían haber ido de otra manera, es sin duda interesante. Pero hay una pregunta que lo es bastante más: ¿Cómo, de qué manera?

En la medida en que ésto no es explicado, tal crítica es una tautología. Si hace cuarenta años hubiera habido más gente a favor de lo que llamábamos la “ruptura democrática“, si hubiera habido más apoyo de las opiniones públicas, más inteligencia colectiva, los resultados hubieran sido otros.

Es mejor ceñirse a la realidad de los hechos. La transición en España se hizo en una situación en la que la derecha – que había sido abrumadoramente franquista – mantuvo un peso considerable, no únicamente en la vida económica y social sino también en los aparatos del Estado, en especial en el ejército y en el poder judicial. De las lecciones a extraer de ese período, la principal, desde mi punto de vista, es que en este tipo de  situaciones hay que tratar de tener más fuerza,  más unidad y  más alianzas; que hay que convencer sectores más smplios y decididos de las opiniones públicas.

2. Celebradas las primeras elecciones democráticas de junio de 1977, el autogobierno catalán se situó en el marco de la Constitución. Fue la tercera tentativa de encajar democráticamente la pluralidad nacional en España, después de la República federal de 1873 y de la Segunda República de 1931. La opción catalana mayoritaria fue favorable a un enfoque integrador de la realidad nacional catalana y a un desarrollo progresivo del autogobierno,  inscrito en la construcción de la democracia en España y en el proceso de unidad europea.

La Constitución proclamó la unidad de España, pero reconoció las «nacionalidades y regiones»; les garantizó el derecho al autogobierno, pero no el carácter de unidades soberanas; proclamó la separación de competencias y de poderes legislativos, pero de una manera imprecisa; no se organizó su participación en las decisiones de ámbito general; se evitó el reconocimiento de los derechos históricos con la excepción de los conciertos vasco y navarro; y no se admitió el federalismo fiscal.

En los primeros años veíamos posible una interpretación abierta y dinámica de la Constitución, que  fuera desarrollándola federalmente, en términos plurinacionales, plurilingüísticos, pluriculturales. El voto masivo de Cataluña a la Constitución debe interpretarse en esta clave. Se fue imponiendo, en cambio, una especie de coexistencia pasiva, fría y resignada, en la que las ambivalencias constitucionales se interpretaron de manera más abierta o más restrictiva en función de las coyunturas o de los gobiernos de turno. No se produjeron procesos culturales y políticos significativos de «federalismo cálido» (el término es de Ernest Lluch), que permitieran avanzar en el reconocimiento recíproco, asumir cambios en los aspectos simbólicos y emocionales de la pluralidad nacional el Estado,  en los contenidos educativos o en el diálogo y las relaciones entre las lenguas.

Las dinámicas que fueron imponiéndose fueron la generalización del proceso autonómico (el Estado de las autonomías, el «café para todos»), así como un lento y progresivo resurgimiento del nacionalismo español, que se fue liberando, con los años, de la hipoteca franquista. Esta tendencia no sólo ha perdurado hasta hoy, sino que se ha exacerbado, en buena medida como reacción al “procés” catalán.

La generalización autonómica a partir de la Constitución fue una estrategia para contrapesar y limitar la afirmación de las realidades nacionales catalana y vasca. De hecho, el Estado de las autonomías se desarrolló básicamente en función de una fuerza motriz que fue Cataluña con su Generalitat recuperada. Se trataba, a la vez, de controlar y paliar aquella fuerza y ​​de utilizarla como  motor para una reforma regionalizadora de España.

3. Pero no se puede minusvalorar  que el Estado de las autonomías respondía también a una realidad española compleja, diversa y llena de indeterminaciones. Si se utilizó en la Constitución la fórmula de «nacionalidades y regiones» fue porque era difícil ir más allá en la concreción, no sólo debido a la correlación de fuerzas en el consenso constitucional, sino por la realidad, llena de complicaciones y matices, de un Estado heterogéneo, con grados diversos y entrelazados de identidades colectivas. ¿Debían ser Cataluña, Euskadi y Galicia reconocidas específicamente como las tres nacionalidades diferenciadas? Pero, ¿por qué no Navarra, o la Comunidad Valenciana, o Andalucía?

Se establecieron aquellas fórmulas de indeterminación no sólo porque a los gobiernos de la UCD les interesaba acotar y frenar las realidades catalana y vasca, sino también porque la propia realidad del resto del Estado era compleja, indeterminada. Todo ello ha marcado los rasgos positivos y negativos del Estado de las Autonomías, que Pierre Vilar definía como “un artificio más que un edificio“, y que – decía – no podía ser confundido con la “España de las naciones“, el “sueño de los viejos federalistas“.

En cuanto al reconocimiento y desarrollo del carácter plurinacional, plurilingüístico y pluricultural, un factor negativo ha sido que muy pocos en España, en el mundo de la política y de la cultura, han ido mucho más allá de una aceptación más o menos reticente de la pauta constitucional; algunos pensando que el tiempo resolvería las «tensiones territoriales»; otros soportándolas con resignación y actitudes más o menos educadas; otros – sobre todo en los últimos tiempos – aprovechando a fondo estas tensiones, cuando no estimulando los prejuicios y las confrontaciones de identidades, como rentable e irresponsable arma electoral.

En España pocos han apostado por el «federalismo cálido» o por el «constitucionalismo útil», para usar las fórmulas de Ernest Lluch o de Miguel Herrero, tratando de desarrollar el utillaje constitucional disponible para avanzar, cultural y políticamente, en el encaje respetuoso (fraternal, si fuera posible) entre las naciones del Estado. La cosa es desesperante, porque viene de muy lejos y porque hoy  ha vuelto a envenenarse dramáticamente, con la salida del armario de una derecha española agresiva que, en el actual  período de crispaciones, refuerza a dos (o tres) fuerzas políticas que compiten básicamente en este terreno.

4. La responsabilidad de haber llegado a esta situación está bien repartida. Sería injusto atribuirla primordialmente a los “defectos de construcción” de la Constitución del 78. Creo que sobre todo hay que tener presentes varios aspectos, de los cuales destacaría dos: la crónica debilidad de las élites políticas españolas y catalanas (en Portugal, sin ir más lejos, han tenido más consistencia); y, en los últimos años, la absoluta imprevisión de los dirigentes independentistas catalanes ignorando que en política enfrentarse a adversarios más fuertes que disponen de leyes y reglas a su favor es de una temeridad irresponsable.

La suma de estos factores permite interpretar la situación actual – con prisiones injustas y juicios pendientes de los dirigentes independentistas condicionándolo todo -, como un período en el que la ley puede ser  sometida brutalmente a la ley del más fuerte. Se trata de dos cosas diferentes, antagónicas. Se inscriben no sólo en una crisis española, sino en una tendencia global hacia los nacionalpopulismos autoritarios, en un contexto de desconfianza e inseguridad de los pueblos y de “desintermediación” creciente de las sociedades. No es extraño que muchos giren la mirada hacia las crisis europeas de los años 20 y 30 del siglo pasado. La historia no se repite, pero a veces genera resonancias.

5.Donde hay peligro, crece también lo que salva”, dice un poema de Hölderlin. Esta cita es usada a veces por quienes llaman al optimismo de la voluntad en momentos de pesimismo de la inteligencia. Pero no es   falsamente consolatoria: contiene un fondo de verdad dialéctica.

No es posible hacer previsiones sobre cómo se producirán las transformaciones políticas del futuro. Por un lado, una recentralización del Estado, vaciando de competencias las comunidades autónomas, como querría el nacionalismo español, es difícil de realizar: contaría con grandes resistencias políticas, institucionales, administrativas. Por otro, dejar las cosas como están es una fuente permanente de conflictos que, en el contencioso Cataluña-España, han llegado a un punto de gravedad peligrosa para todos. Puede convertirse en una confrontación sin salida, sin ganadores, sólo con perdedores.

Este peligro inquieta. Puede hacer abrir los ojos, puede hacer pensar y hablar, puede construir alianzas. El concepto de plurinacionalidad, por ejemplo, ha hecho su camino y es más asumido, sobre todo entre las nuevas generaciones. Como ha señalado Enric Juliana en un libro de conversaciones con Pablo Iglesias   (“Nudo España“), la plurinacionalidad “puede terminar ganando la batalla del nuevo relato español. En 1978 no era posible. Ahora sí “.

Comparo esta cita de un buen observador de la vida política española con el comentario que, siete días antes de ser asesinado por ETA, Ernest Lluch le hizo a Borja de Riquer, diciéndole que había renunciado a presentar en Madrid el libro “Derechos históricos y constitucionalismo útil “que había preparado con Herrero de Miñón:” En Madrid no hay ambiente para presentar este libro.

Tal vez algo está cambiando. No deberíamos desaprovecharlo.Hoy nos hallamos  en una especie de callejón sin  salida, que siempre son peligrosos. La gente lo intuye: no es extraño que crezca el apoyo de la opinión pública a una reforma de la Constitución del 78. Para los nuevos enfoques que serán necesarios, la memoria de la Transición y de la Constitución puede ser útil. No se trata de mimetizar nada, porque han pasado cuatro décadas y las circunstancias son muy diferentes. Pero convendría recuperar dos características básicas de aquel periodo: la voluntad de entendimiento y la mediación transaccional como método. Frente a las necesarias transformaciones que vendrán son criterios indispensables si queremos avanzar y no retroceder.

(Publicado en catalán en la revista Nous Horitzons).

 

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