lamirada.eu

Raimon Obiols: “¿Equidistancia? Si lo es, que sea de combate contra la política de bloques “

Disminuir tamaño de fuente Aumentar tamaño de fuente Mida del text Imprimeix aquesta pàgina

Entrevista de Jordi Amat, publicada en la revista Crític, 29 de octubre de 2019

Pròleg es un grupo de intelectuales progresistas de Barcelona impulsado, entre otros, por Josep Maria Vallès, Joan Subirats, Joan Botella o Marina Subirats. Si a los encuentros de Pròleg viene un ponente, Obiols le escucha con atención. Es educado. No se levanta. Y casi siempre es él quien abre el turno de preguntas. Entonces pasa lo que explican veteranos de su partido. Inicia un circunloquio que de entrada no sabes hacia donde, apoyado en una anécdota o una citación de autoridad o una lectura de un clásico (hay pocos políticos con un background cultural tan potente como el suyo), y al final remata la intervención con una pregunta punzante o una descripción del presente severa. La conversación con Obiols, lúcida e irónica, es instructiva. Instructiva es lo mínimo que se puede decir.

Cuando los subcomandantes Palà & Picazo me propusieron hacer esta entrevista, no lo pensé mucho. Pensé, de hecho, que tal vez sería él, que es muy suyo, quien se lo pensaría. Lo pillé una semana en Barcelona. Se lo propongo, me dice que sí y que el viernes nos encontraremos. Cuando acabamos la reunión de Pròleg, mientras pensamos otra vez qué podemos ser o cómo podríamos ser útiles, Obiols y yo nos quedamos solos en la mesa cuadrada. Saco el móvil para grabar la conversación. Me pregunta “¿qué tenemos que hacer?“. Se lo explico. Y me dice que sería mejor para los dos que le pasara las preguntas por escrito. Él las respondería con calma y yo no debería transcribir. Así lo convinimos y así lo hemos hecho. Nos levantamos, salimos de la sala donde estábamos reunidos, le cuento cómo fue la fiesta de los 50 años de Anagrama y él coge el hilo de la literatura para resumir el último texto que ha escrito: su visión sobre su admirado Max Aub que se publicará en Política&Prosa. Al cabo de unos días, mientras el país vive algunas de las horas más tensas de los últimos años y cuando él ya está en Bruselas, envío las preguntas y él comienza a responder a mi cuestionario. Lo recibo completo la noche del 21 de octubre.

Antes de poder leerlo, voy al Més 3/24 y allí coincido con Montserrat Tura. “¿Tu eras obiolista?“, le pregunto y me responde que sí. Hace algún comentario elegante sobre la vida interna en el PSC y lo remata con una afirmación clarividente para entender la función que ha tenido este veterano – quizás el único gran veterano – del combate político contra el antifranquismo. “En los partidos“, me dice Tura, “tiene que haber gente que haga de todo. Y sobre todo es necesario que haya gente que piense“. Es lo que ha hecho y hace Raimon Obiols. Pensar el país políticamente con lucidez. Y buena falta que nos hace.

Si el lector ha leído El minim que es pot dir (RBA, 2013), podría saltarse esta pregunta. Pero, si aún no lo ha hecho, y recomiendo que lo haga, valdría la pena que nos explicaras la tradición digamos civil -entre cultural y política, típicamente noucentista– a la que pertenecía su familia y de qué manera ese legado sobrevivía en tu casa en la posguerra.

A los 13 años me tragaba la colección de la revista Mirador que corría por casa. Fue el inicio de mi educación política. Mis padres eran amigos de la gente de Acció Catalana (Bofill, Rovira, Nicolau d’Olwer). Sospecho que lo que les debía gustar de la gente de aquel grupo era su incapacidad de alzar la voz, su repugnancia por la demagogia, por el aprovechamiento instrumental de la emotividad popular. La cursilería sentimentaloide y pseudopatriòtica los creaba urticaria. También tenían aversión a la saliva retórica. Mi padre comentaba que el mejor discurso que había escuchado en su vida fue sin palabras: un señor, en una cena en el Palau de la Música, levantándose y brindando en silencio a la senyera esgrafiada en el muro, en plena dictadura, ante el delegado del Gobierno Civil, que no sabía qué cara poner. Quería un país normal, con una política democrática, de transacción, civilizada. Objetivos imposibles en su tiempo. En la actual, ya veremos.

Pronto empezaste a militar, en una universidad diría que aún poco politizada. ¿Por qué el Moviment Socialista de Catalunya (MSC)? Y, ligando con esta pregunta, ¿cuál era entonces el perfil de Joan Reventós -un personaje que merece una biografía?

El MSC fue un grupo fecundo, que dio frutos. En Cataluña fue indispensable para hacer posible, como mínimo, un par de cosas importantes y positivas: la unidad democrática contra el franquismo (la Assemblea de Catalunya) y la unidad socialista, una herramienta básica para la unidad civil del país. La fecundidad del MSC radicó en que estaba formado por gente que había sufrido dramáticamente no una, sino dos derrotas, la de la Guerra Civil y la de las divisiones cainitas de las izquierdas. Aquella doble experiencia les enseñó a ser profundamente y auténticamente unitarios, a no poner nunca más unos intereses de partido, por legítimos que fueran, ante objetivos más importantes y más amplios. Esto me gustaba; por eso me afilié, a los 17 años, y me siento satisfecho. Hace varios años, Isidre Molas publicó la colección íntegra de Endavant, el portavoz del MSC. No encontraréis allí ni un anacronismo ni una indignidad.

Reventós recogió aquel mensaje de los fundadores, sobre todo de Josep Rovira, y lo hizo de una manera tenaz y efectiva, dando pruebas de una generosidad política no muy frecuente. Así, por ejemplo, el hecho de que los socialistas ganaran las elecciones de 1977 abrió la puerta al restablecimiento de la Generalitat y al regreso a Cataluña de su presidente legítimo. Si bien no soy aficionado a las ucronías, estoy seguro de que, si hubieran ganado otros partidos, la historia habría sido diferente y Tarradellas habría muerto en el exilio. Pero, en cuanto a Reventós, me temo que prevalecerán aún durante una temporada algunos rasgos esquemáticos y reductores, moldeados por muchos años de poder pujolista. Esto también vale para el presidente Tarradellas y para su equipo de colaboradores, que siguen en el purgatorio al que los condenaron la historiografía, la rumorología y los medios de comunicación convergentes. Ni siquiera la confesión de Pujol sirvió para rescatarlos. Ya lo decía Gaziel: “Cataluña devoradora de hombres”.

En el MSC habían confluido, en 1945, gente proveniente del POUM, de la vieja USC y del PSUC de la guerra, de los sindicatos, de las cooperativas. Su cultura política era federalista, no nacionalista, antijacobina, podríamos decir que “estatoescèptica“. Ésto, ahora, vuelve a ser de actualidad: es lo que Piketty en sus bestsellers llama “socialfederalismo” o “socialismo participativo”, un proyecto europeo e internacional contrapuesto a las ideologías de la desigualdad y a los repliegues identitarios y nacionalistas. Yo creo que éste es el gran discriminante actual y futuro, en Cataluña, en España y en Europa, aunque me guardaría con decir que estamos “en el lado correcto de la historia“.

¿Cuando se decide romper con el telón de acero donde quedaba el PSUC e iniciar una tarea común con los comunistas catalanes, a qué precio y con qué objetivo?

Cuando me afilié al MSC, formábamos parte del Comité Ametlla. Era una reunión de personas y pequeños grupos de la oposición que intercambiaban noticias y rumores y hacían algún informe, bajo la presidencia de Claudi Ametlla. Que el comité llevara su nombre es una prueba de su inocuidad. Los recuerdos de la Guerra Civil, la influencia de la Guerra Fría, la desconfianza hacia el exilio y el temor a la fuerza clandestina del PSUC eran los obstáculos a superar si se quería combatir la dictadura. La desunión de la oposición al franquismo obstaculizaba gravemente la movilización de las nuevas generaciones. Esta constatación definió nuestra política de las “tres unidades” (democrática, socialista, sindical) que desbloqueó las inercias y una situación enquistada.

En buena parte, y confluyendo con otros, convertimos en realidad esa política, haciendo posible primero la constitución de la Comissió Coordinadora de Forces Polítiquws (Esquerra, Front Nacional, el MSC, el PSUC y Unió Democràtica) y después la Assemblea de Catalunya. La expansión exponencial de ésta en toda Cataluña mostró claramente el acierto y la fecundidad de la política unitaria. Es una verdadera lástima que en el resto del Estado no cuajara. La unidad refuerza, tiene efectos multiplicadores, expansivos. Una oposición democrática unida todo habría sido más fuerte y habría obtenido resultados más avanzados en la Transición.

¿Cuál fue tu primera experiencia con la oposición antifranquista del resto de España y hasta qué punto la cuestión nacional catalana era asumida por esta oposición más allá del Ebro?

Como recordaba a menudo Gutiérrez Díaz, los puntos programáticos de la Assemblea de Catalunya no eran tres, sino cuatro: “Libertad, amnistía, Estatuto de autonomía y solidaridad con los demás pueblos de España“. Una solidaridad no sólo retórica, sino práctica y voluntarista, porque recorrimos España de punta a punta: Valencia, las Baleares, Madrid, Sevilla, Santiago, Vigo, Lugo, Donostia, Vitoria, Bilbao, Oviedo, Logroño; hasta fuimos a Canarias. También en Barcelona se hicieron muchas reuniones con gente del resto del Estado. El objetivo era estimular procesos unitarios similares al de Cataluña. Un obstáculo importante era la atmósfera política del Madrid espeso de aquella época, con una mezcla paradójica de resignación y de falsas ilusiones, con una oposición fragmentada y, en consecuencia, políticamente débil.

Seguiste el mítico congreso de Suresnes cuando los jóvenes socialistas del interior consiguen el control del PSOE? De repente un abogado laboralista sevillano -Isidoro- adquiere el liderazgo de una sigla histórica. ¿Cuál es la primera imagen que tienes de Felipe González?

A Felipe González lo vi por primera vez en una escuela, en las afueras de Madrid, en una reunión entre representantes de la Coordinadora de Fuerzas Políticas de Cataluña (Andreu Abelló, de ERC, Joan Cornudella, del FNC, y yo, del MSC) y gente de la dirección del PSOE (Pablo Castellano, Enrique Múgica, Joaquim Jou, Felipe González). No recuerdo la fecha, pero probablemente fue en el primer trimestre de 1970. Felipe González apenas intervino en aquel encuentro, a diferencia de sus correligionarios, todos muy locuaces. Estábamos todos sentados en pupitres, y la primera imagen que guardo de él fue la de una persona sumamente reservada y cautelosa, una impresión que no rectifico, después de tantos años de trato, y que no es, que conste, una crítica sino justamente lo contrario.

La iniciativa de aquel contacto era de nuestra CCFPC. Queríamos estimular en Madrid un proceso unitario como el nuestro, y llegamos a hacernos pesados, con repetidos contactos con otros grupos (Gil-Robles, Ruiz-Giménez, Tierno, PCE, UGT, CCOO). Pero los recelos y los cálculos de futuro pesaban más que en Barcelona, ​​como he dicho. No surgió algo comparable a la Asamblea de Cataluña, y la simple coordinación unitaria de los partidos sólo fue posible demasiado tarde y en precario, en 1976, muerto ya Franco, con la formación de Coordinación Democrática, conocida popularmente por “la Platajunta“, un apodo que ya lo dice todo. La Transición se resintió de aquellos retrasos y divisiones de los demócratas.

En las elecciones de junio de 1977 ibas de cuatro en la lista del PSC por Barcelona, detrás Reventós, Triginer y Andreu Abelló. ¿Cuál es el recuerdo de la campaña y hasta qué punto las míticas dos almas del partido ya se manifestaban y como intentábais hacerlas compatibles?

Fuimos a aquellas elecciones con el sello Socialistes de Catalunya, que aliaba el PSC Congrés y la federación catalana del PSOE. La campaña (¡unas elecciones tras 40 años de abstinencia!) fue memorable. Recuerdo el entusiasmo, la improvisación y también la ingenuidad. Recuerdo bien, por ejemplo, que me sorprendió mucho ver, en la calle Urgell de Barcelona, ​​como algunos militantes del Pacte Democrátic (de Pujol) colgaban carteles tapando los nuestros. Debía parecerme que no había que hacerlo. ¡Santa inocencia!

Que yo sepa, está todavía por hacer el estudio semiótico completo de aquella primera campaña electoral. Si se repasan los materiales gráficos y los textos de campaña, me parece que los únicos que han aguantado el paso del tiempo son los nuestros, incluyendo los de la Entesa dels Catalans al Senado. Todos salieron de la factoría de Espira (Cirici, Sabaté, Poveda) y tienen hoy la modernidad característica de las vanguardias auténticas. En cambio, las otras campañas, a derecha y a izquierda, sin excepción, han sucumbido al cambio de las modas, precisamente porque eran del tiempo. Esto ya lo decía Leopardi: la moda, “hermana de la muerte“.

El PSC se constituyó un año después de las elecciones, en julio de 1978. Unió, con las dificultades correspondientes, tres partidos, y sobre todo gente de origen, condición social y lengua diferentes, que eran un reflejo de la Cataluña completa. Durante algunos años, las referencias de origen pesaron. Después, sobre todo pasado el segundo congreso del partido, que superó la práctica de las cuotas por origen (el “chico-chica“, en nuestro argot de la época), la fusión fue consolidándose.

La llegada al Congreso. Fuiste diputado en las primeras legislaturas. ¿Hasta qué punto se palpaba la conciencia de que la política en España no se podía permitir repetir los errores del pasado?

Me interesaron, en el Congreso de 1977, un montón de detalles. Como caminaba la gente de poder, por ejemplo: espalda tiesa, pero con una cierta nonchalance displicente, de gestualidad lenta. En esto era maestro Pérez Llorca (le llamaban “El zorro plateado“). Un segundo detalle de memoria visual: Alberti y Pasionaria, del brazo y con un aire retro, acogidos con afecto, al menos aparentemente. Se ha dicho que existió entonces un “pacto del olvido“, pero creo que era justamente lo contrario: el pacto se apoyaba en la memoria de la Guerra Civil, en el miedo de los hijos de un bando y del otro a volver a las andadas, si no nos conteníamos. Es ahora, cuando tanto se habla de memoria, que el olvido parece volver.

En un tercer detalle me extenderé, porque de él apenas se habla. Es un hecho menor, pero no inocuo. En el Congreso constituyente vimos que Solé Tura era “Solé Turá“, Roca Junyent era “Roca Chunchén“, Ernest Lluch era “Ernest Yutch“, y yo “Ráimon“. Yo les decía: “No, no, Raimón, como jamón“. Pronto lo dejé por inútil. Quizás tenía razón Bourdieu, que recordaba la “vergüenza” que sentía de pequeño por su pronunciación bearnesa, cuando decía que en la cuestión de los acentos hay juegos de poder, muestras de “dominación lingüística“. Para Ernest Lluch, un fuerte acento catalán y la dificultad oratoria en castellano significaron probablemente un hándicap político intangible. A Oriol Nolis no parece costarle presentar las noticias en TVE con un castellano estándar impecable, pero a la mayoría le resulta imposible. Manolita Piña, la viuda del pintor Torres García, una viejecita cristalina que tenía 104 años cuando la conocí, tenía un acento catalán que tumbaba de espaldas, después de 70 años pasados en Montevideo. Quizás esta tontería intangible e incómoda puede explicar un poco lo que Julio Camba observó: siempre que encontraba un catalán en Madrid, estaba regresando a Barcelona.

Hablando más en serio: una de las cuestiones políticas de fondo que se planteaban en las Cortes Constituyentes, y que sigue hoy, con más gravedad, es la relación de Cataluña y España. Tiene mucho que ver con el llamado “efecto Rashomon“, con la subjetividad de unos y otros, en las diferencias de percepción, memoria y sentimientos, tan bien contadas en el film de Kurosawa, donde los testigos de un mismo hecho lo recuerdan en versiones diametralmente opuestas. Los prejuicios tienen un peso y una duración enormes, y, además, se retroalimentan. En la Transición, después de tanto tiempo de censura, creíamos que se superarían deprisa, con más información, más libertad, e iríamos hacia una España fiel a su realidad plurinacional. El resultado ha sido en claroscuro. Se consiguió el autogobierno, el retorno de Tarradellas, el Estado de las autonomías, pero la idea de España ha evolucionado poco. Además, al “efecto Rashomon” se ha añadido un “efecto Gran Hermano“, una dialéctica de acción y reacción en la que los poderes que se sustentan en la confrontación han ido erosionando, con un potente instrumental político-mediático, las posibilidades de avenencia y concordia. John Carlin tiene razón diciendo que el conflicto entre Cataluña y España no se ha resuelto porque no ha habido intención de arreglarlo. Se han priorizado los factores irritantes, en un sentido y el otro, y se han minimizado los que podían estimular el pacto.

La suma del “efecto Rashomon” y del “efecto Big Brother” da muchos votos, a chorro, en grandes cantidades. Lo sabía Pujol, lo sabía el PP de las mesas petitorias contra el Estatuto, o Ciudadanos en su inicio, o ahora Vox. Me parece que también Carlin acierta cuando dice que a Puigdemont le conviene que gane la derecha.

Es un tópico afirmar que los catalanes no tenemos sentido de Estado. Tuviste esta percepción cuando vas hacer política en Madrid?

Francesc-Marc Álvaro se pedía hace poco: “¿Podría ser que el PSC tuviera más sentido de Estado que el PSOE?“. No tengo ninguna duda en dar una respuesta afirmativa, sin triunfalismo y sin reivindicar ningún mérito especial para el PSC. Es simplemente una cuestión de ubicación, de conocimiento, de ángulo de visión. Una causa fundamental de la crisis actual radica en el juego de las ignorancias cruzadas. En un lado, un desconocimiento increíble de lo que es el Estado, en particular del hecho elemental que todos los estados muerden cuando se sienten agredidos y en peligro; en el otro, un desconocimiento a veces absoluto de lo que es Cataluña. Son ignorancias a veces involuntarias, a veces ostensiblemente deliberadas, porque se creen útiles (es mejor que la gente lo ignore) o cómodas (es mejor silbar y mirar al otro lado). Nosotros hemos conocido bastante bien tanto Cataluña como el Estado, aunque tampoco en esto hay méritos especiales. Simplemente, nuestra trayectoria, durante 40 años, ha sido menos condicionada por segundas intenciones o por la tentación de empeorar las situaciones. Nuestros intereses de partido coincidían más con la solución de los problemas que con su exacerbación. El PSC ha sido más “solucionàtico” que problemático. Esto ha determinado su fuerza y ​​también sus límites, porque, a veces, ir a la contra hace ganar muchos apoyos.

Ahora te tendría que preguntar sobre tu posición de equidistancia combativa con el Procés, pero así no acabaríamos nunca. Seré rápido.

Recobrada la democracia, éramos conscientes de que el país, según la política que se practicara, nos podía estallar en las manos. De ello también tenían conciencia el PSUC, los sindicatos obreros y el presidente Tarradellas, con su “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí”. En la Cataluña de hoy, este riesgo de una fractura social de carácter etnolingüístico ha resurgido. Ahora, a diferencia de las cuatro últimas décadas, hay partidos que incentivan la confrontación, que tratan de instrumentalizar las identidades, jugando con fuego. Ojalá los acontecimientos actuales les hagan reflexionar, porque el riesgo es enorme, en Cataluña y en España. He leído unas declaraciones de Carme Forcadell (a quien quisiera en libertad ahora mismo), diciendo que en Cataluña “hay mucha gente que no es independentista, que defiende las libertades y los derechos fundamentales, y que, si los haces elegir entre España y Cataluña, eligen España“. Está bien, pero no es exacto. En Cataluña, en cuanto a sentimientos de identidad y de pertenencia, hay una amplia gama de Pantone. Hacer obligatoria la reducción al blanco y negro, sería un trauma.

En todo caso, las palabras de Forcadell me han hecho recordar que yo decía, cuando constituimos el PSC y en los años posteriores, que la unidad civil de Cataluña, es decir, nuestro propio futuro nacional, exigía que nadie obligara a los ciudadanos de este país a “elegir el color del pasaporte” o a escoger “entre el padre y la madre“. Ahora he visto que esta metáfora la han usado Ignatieff e Iceta: es de estricto sentido común, en un contexto de complejidad y de imbricadísima interdependencia, donde la cirugía política es letal de necesidad, no digamos ya los hachazos.

Estábamos y seguimos estando por la fusión y contra la fisión, división siempre muy peligrosa, y me parece que nuestra hoja de servicios a la sociedad catalana es positivo en este campo, no por méritos especiales, sino porque reflejábamos y conocíamos bien el país real. Por otra parte, también esto nos permitía estar presentes en un pueblecito gerundense y en la Cataluña metropolitana. Los últimos años del procés han metropolizado más el PSC, insertado en una tendencia social y electoral evidente. En un momento álgido del procés, esto tuvo un reflejo orgánico, no en forma de escisión, sino con algunas diásporas dispersas, satelizadas por los dos grandes polos procesistas. Me gustaría que esto se revirtiera, naturalmente, porque, más que de “dos almas“, me ha gustado siempre hablar de dos alas, que, cuando se equilibran, permiten volar más alto. Esto vale sobre todo para Cataluña, donde, cuando hablamos en términos de lengua y de sentimientos de identidad, hay también dos alas.

¿Equidistancia, pues? Si lo es, que sea de combate contra la política de bloques. No ha habido en Cataluña -ni debería haber nunca- dos bloques cerrados y opuestos, como querrían los nacionalismos antagónicos, extremos e instrumentales. Ahora: la violencia política y la falta de salidas políticas podrían precipitarnos hacia una situación nefasta, de “ulsteritzación”, para entendernos. Entonces sí que dos bloques confrontados serían quizá inevitables, y nos encontraríamos -todos- en un callejón sin salida. Una situación así no sólo haría prácticamente imposible un camino evolutivo hacia más autogobierno, sino que generaría un camino agónico o, como mínimo, un largo período de declive. Por responsabilidad y por simple instinto de supervivencia, hay que evitar esta obligación forzada a elegir un campo, como si estuviéramos en una guerra. Constituye una brutalidad que la mayoría de la sociedad catalana rechaza. En el Ómnibus del Centro de Estudios de Opinión (CEO) de hace un mes, un 76,6% apoyaba “una política de diálogo y negociación“, y sólo un 11,3%una política unilateral por parte del Gobierno de Cataluña “.

Por otra parte, esta brutalización sería un drama totalmente inútil, porque un “nosotros contra ellos“, o un “o nosotros o ellos” no resolverá nunca, por definición, un problema que sólo se puede solucionar con un “nosotros y ellos“; si es que, para simplificar, hablamos en estos términos que, como he dicho, son erróneos por reduccionistas, tanto cuando hablamos de la sociedad catalana como de la relación entre Cataluña y España. Los únicos que pueden abonar esta salida nefasta serían los nacionalistas catalanes y españoles, retroalimentándose hasta el abismo. Mi equidistancia es de combate porque sé que hay gente que impulsa estos programas antagónicos y complementarios para garantizarse coche oficial en Barcelona y en Madrid, y porque pienso que son nefastos.

De los problemas de temporalidad larga que también explican el Procés, qué crees que se manifestaron ya durante tu periodo como diputado en Madrid?

Pasa, con el tema de la plurinacionalidad del Estado, algo parecido a las cuestiones de género (pienso, por ejemplo, en Margarita Nelken oponiéndose al voto femenino en las Cortes republicanas), o a otros cambios ligados a la evolución de las mentalidades. El tiempo histórico y el tiempo político no se pueden marcar con el mismo metrónomo. Lo que hay que evitar es que el tiempo político perturbe, detenga o haga retroceder el tiempo histórico, siempre más lento, porque implica una evolución de las percepciones, de los valores y de las emociones de la gente. Ahora la crisis política entre Cataluña y España ha producido una reacción hacia atrás, y el nacionalismo español, siempre autoritario, se ha desvelado, sin complejos, aprovechando un evidente resurgimiento de los reflejos catalanófobos más ancestrales. Vox es un resultado del procés, y no es el más irrelevante. Esta triple derecha que puede llegar a gobernar España anhela someter Cataluña.

Pierre Vilar distinguía siempre entre el “hecho catalán” ( “que salta a la vista“, decía) y el “fenómeno catalán” (el catalanismo cultural y político, con sus hitos y sus contradicciones). En cambio, en España, los sectores más reactivos contra el autogobierno catalán, y ahora contra el procés, tienen la tendencia a tirar el niño con el agua de la bañera, a decir que el “fenómeno” se ha inventado el “hecho“. A la prueba de la realidad, no encontrarán nunca una Cataluña sometida o sumisa, porque el hecho catalán “que salta a la vista” no es, como dicen, una pura invención del nacionalismo. La contrapartida a esta afirmación es que el nacionalismo, en efecto, no para nunca de inventar. En los últimos años, por razones que empiezan a ser indisimulables, se ha inventado el espejismo mesiánico de una independencia de bajo coste y en la esquina. No la tendran, como es evidente por razones que también saltan a la vista.

Esta doble constatación lleva a dos conclusiones. La primera es que hay que optimizar, con buena política, el camino real entre las dos opciones antagónicas e irrealizables (no habrá ni una Cataluña asimilada ni una Cataluña independiente). La segunda es hacerse la pregunta de los clásicos: “¿Qui prodest?”, A quien beneficia la tensión actual? Mi respuesta es: a los aprovechados, a los que engañan y a los aventureros.

¿Cuál crees que debería ser la posición del PSOE para empezar a desbrozar un camino de salida del conflicto?

Ganar las elecciones, no caer en el doble trampa que le han tendido, entre una salida revanchista o un diálogo fake. No confundir el “hecho catalán” con la subasta processista. Si puede, gobernar con una mayoría de progreso, hacer los gestos y emprender las iniciativas que permitan, en un momento dado, un diálogo efectivo con Cataluña. Y tratar de hacer las reformas generales que se necesitan en España, porque sería un grave error creer que la crisis actual es simplemente una crisis “catalana“. Es una crisis más multiorgánica, que ha puesto de manifiesto problemas de construcción y debilidades de Estado, que hay que resolver.

Aunque ya no eres un profesional de la política, aún intervienes en el debate político del presente. Escribes tu dietario, escribes algún artículo de fondo. ¿Quién es hoy Raimon Obiols?

Vivo la mayor parte de mi tiempo en Bruselas. Sigo con atención y mucha preocupación los acontecimientos en Cataluña y en España. Los veo a media distancia y a media luz, y me parece que no es una mala manera de ver las cosas. Demasiado luz deslumbra y el exceso de proximidad molesta. No me considero un jarrón chino, pero evito interferir en el día a día. Sin embargo, tomar demasiada distancia me parecería una dimisión en unos momentos difíciles.

Con otros amigos y amigas del grupo Pròleg me pronuncié por la libertad de los presos y por el entendimiento entre Sánchez e Iglesias. De momento no hemos tenido éxito, pero persistiremos. Hay un problema de audición y, por tanto, de audiencia. Ahora, con tanto ruido, si no dices tonterías, se te oye poco. El nuestro es un país que tiende a marginar todo lo que no se ajusta al tópico y al estereotipo, a la virulencia, al interés inmediato, al poder del dinero y de la política. Además, y sin hacer victimismo, creo que estamos vagamente proscritos, y no únicamente en TV3. El procés ha sido un vórtice, una trituradora, ha centrifugado las organizaciones, ha agrietado la vida social, pero también ha reducido al silencio a demasiada gente. No se puede aceptar pasivamente un futuro hecho de periódicas Declamaciones (con m) Unilaterales de Independencia y otros espasmos similares, sin ningún otro efecto concreto que las palizas correspondientes y el mantenimiento de los herederos del pujolismo en el poder. Seguir así produciría un declive crítico de la democracia catalana y española. Dicen que hay que “volver a la política” lo antes posible. Hay que añadir: a una buena política, que es la que une en la libertad. Quiero vivir los años que tengo por delante contribuyendo a enderezar este estado de cosas, aunque sea infinitesimalmente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *