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Raimon Obiols: Max Weber, convicciones, responsabilidad

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Hoy hace cien años, día por día, que Max Weber pronunció en Múnich la conferencia titulada “Política como profesión“. O vocación, porque Politik als Beruf  tiene estas dos posibles traducciones; de hecho, el traductor del texto al catalán, Guillem Calaforra, optó, creo que con acierto,  por el título “La política como profesión y vocación” ( Max Weber “La ciència i la política“, PUV).

Hay que situarse en el Múnich de enero de 1919, después de una terrible derrota, no sólo de Alemania sino de Europa, que salía de una guerra con millones y millones de muertos; con la caída del imperio alemán y el advenimiento de la república, en el tiempo efervescente y convulso de “revolución bávara” (que Weber calificaba de “embriagadora” pero también, duramente, de “carnaval que se adorna con el nombre glorioso de ‘Revolución’ “).

La pequeña historia previa a la conferencia es significativa. La organizó una asociación estudiantil e inicialmente Weber rechazó la invitación ( “Nadie tiene menos vocación que yo para hablar de la vocación del político“). Sólo la amenaza que invitaran en su lugar a Kurt Eisner, por entonces jefe del gobierno bávaro, le persuadió de aceptar. Weber veía en Eisner, periodista y político de la izquierda socialista, como un arquetipo del líder carismático movido més por convicciones  que por responsabilidad, al tiempo que deploraba sus acciones.

Quizá algo tuvo que ver aquella peripecia con la distinción que Weber estableció, en el punto culminante de su conferencia, entre “ética de las convicciones” y “ética de las responsabilidades“; una distinción tan a menudo recordada después. Siguiendo la primera, el político actúa en base a los principios, sin preocuparse de los efectos que produce, culpando a los otros si son negativos.Siguiendo la segunda, el político actúa pensando también en las consecuencias de sus acciones. Entre ambas hay una tensión permanente que puede convertirse en dramática.

Mientras Weber admiraba el político que sabía establecer un límite firme en función de sus principios ( “No puedo obrar de otro modo, aquí me planto“), desconfiaba, y mucho, de los políticos que invocaban principios y convicciones por doquier: “Mi impresión es que, en nueve casos de cada diez, se trata de cantamañanas, gente intoxicada por sensaciones  pero que no son realmente conscientes de las consecuencias de lo que están haciendo “.

Weber no habló en su conferencia de “qué política se debe practicar” ni de “qué contenidos deben darse” a la actuación política, sino  sobre qué es y qué puede significar la política como profesión y vocación. Por eso el texto, que se considera una de las grandes contribuciones a la teoría política moderna, mantiene una actualidad total. “Parece talmente“, ha escrito Roberto Esposito, “como si nos hablara a nosotros. De nosotros“.

Al final de aquella conferencia del 28 de enero de 1918, Weber emplazó a su audiencia estudiantil a reencontrarse “a diez años vista“. Sus pronósticos no eran optimistas, y tomaron la forma de una advertencia “consecuencialista“:

Me veo obligado a temer que entonces, por todo un conjunto de motivos, ya hará mucho tiempo que habrá llegado el momento de la reacción. De todo aquello que seguramente muchos de vosotros desea y espera – y yo también, francamente – poco se habrá cumplido“.

La reacción se produjo con creces, primero con la derrota de la revolución espartaquista; y luego con la llegada al poder del nazismo. No lo llegaron a ver ni Eisner, asesinado en las calles de Múnich en febrero de 1919, ni Weber, que murió en junio de 1920, probablemente por la  pandemia de gripe española que causó decenas de millones de víctimas entre 1918 y 1920, en un mundo aún sin antibióticos.

Bruselas, 28 de enero de 2019

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