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Raimon Obiols: Sobre fascismo (I y II), más y mejor atención

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Sobre fascismo (I)

Me recomendaron un libro, que he comprado y  leído (Rob Riemen, “Para combatir esta era“). Su tesis central la resumió el autor en una entrevista: “Hablar de populismo es la cosa más estúpida que se puede hacer, no quiere decir nada. Estamos hablando de fascismo: en una nueva forma, pero fascismo. Lo que significa que sabemos hacia dónde irá todo “.

El libro es pues un grito de alerta contra el retorno del fascismo. Cita un crítico cultural holandés, Menno ter Braak, que escribió en los años 30 cosas lúcidamente premonitorias: la motivación del fascismo era “el poder en el sentido más vulgar de la palabra“, que “se concentra en estimular la agresión y el resentimiento “, y en el que “todo es superficie, sin nada debajo; una doctrina del puro rencor, una receta para el odio, una entonación de la envidia, la estridencia de la calumnia … ”  Escrito en 1937 era agudo, pero ahora se puede precisar más el diagnóstico y la terapia, y no sé si Riemen consigue ir muy allá en este sentido. Un recurso del libro, que contiene verdad, es la constatación de que el “espíritu europeo” se pierde, de que la incultura y el nihilismo moral crecen por todas partes; pero esto no ofrece puntos de apoyo suficientes para el futuro. El gorigori los “O tempora o mores“, “Cualquier tiempo pasado fue mejor“, etc. no moviliza.

El libro describe bien, con nostalgia, la atmósfera de los viejos hoteles suizos de Sils Maria, donde el autor participa en debates sobre el futuro de Europa. Por allí corren las sombras de Nietzsche, Proust, Mann, Celan y Adorno, y la música de Clara Haskil y Dinu Lipatti. Riemen narraa  estos diálogos haciendo hablar arquetipos, a la manera de Naphta y Settembrini en “La montaña mágica“. Escuchamos así a un fundamentalista cristiano que añora la Edad Media, a un optimista llegado de Silicon Valley que enarbola conentusiasmo el progreso técnico-científico, a un intelectual vienés que critica amargamente la “verdad científica” y una general pérdida de referentes; y finalmente a un viejo discípulo de Jan Patočka, que fascina al autor y le permite llegar a una conclusión. Es con la educación y la cultura, nos dice, que se puede cerrar el paso al fascismo, formando “ciudadanos libres y responsables” capaces de resistir el “renacimiento del nacionalismo, la trivialidad de la tecnología, la vulgaridad del comercio, y la estupidez cultivada por los ‘media’ y las universidades “; para hacer posible el “retorno de Europa

Quizá tiene razón, pero no creo ceder a un particular espíritu de cuerpo si digo que hay que evitar añadir, como hace Riemen, una visión reduccionista y providencialista de la política. “La política, el mundo del poder“, escribe, “nunca defendería el espíritu europeo. Al mundo del poder sólo le interesa el poder, el poder y la propiedad. No la libertad, no la justicia, no el alma europea. Y mientras sea así, la historia no dejará de repetirse en el continente. Un eterno retorno de la masacre. Hombres de Estado como Masaryk, Roosevelt y Churchill son las grandes excepciones. Por eso son hombres de Estado. Una estirpe excepcional“. Y en una entrevista: “Más allá de un puñado de excepciones, todos los políticos son unos analfabetos culturales.”

La experiencia me dice que no hay en el mundo de la política una ignorancia mayor a la de otros ámbitos, incluidos los del arte, la literatura, la magistratura o la academia. También me dice que los políticos más cultos no son siempre los que más aciertan. Puedo equivocarme. Pero no me equivo si digo, con el debido respeto  a los grandes personajes, que no es ninguna “estirpe excepcional” la que nos salvó de Hitler y Mussolini (pero no de Franco). Fué la política, con sus terribles claroscuros, y fue una multitud de gente de todos los horizontes, con sus miserias e ilusiones, sus sacrificios y aciertos, sus conquistas.

Si digo ésto es porque sólo la política y la gente podrían salvarnos de nuevo, si llegara el caso.

Sobre fascismo (II)

 

¿Por qué ceder tan fácilmente a la tentación de despotricar de los políticos? Hay razones para ello, evidentemente, y hacerlo tiene asegurado, por supuesto,  un éxito de audiencia; pero conlleva un peligro gravísimo, del que alertó Hannah Arendt en sus últimos escritos: “Hoy la política consiste realmente en el prejuicio hacia la política. Si queremos hablar de política en nuestros días debemos partir de los prejuicios que todos nosotros, si no somos políticos de profesión, nutrimos frente a la política. Estos prejuicios que nos son comunes representan a su vez, en el sentido más amplio del término, un factor político (…) El riesgo es que lo político desaparezca de la faz de la tierra. Pero los prejuicios recorren nuestro tiempo, lanzan el niño con el agua sucia de la bañera y confunden la política con lo que pondría fin a la política, presentando algo que sería una catástrofe, como si fuera inherente a la naturaleza de las cosas , y porlo  tanto ineluctable “.

El mundo está lleno de contradicciones y de paradojas desconcertantes; también el mundo de la crítica cultural. Es sorprendente que en una entrevista Riemen responda ésto:  “
P .: “¿Cuál es el mejor escritor de quien podemos hablar?” R: “Cristina Campo, escritora italiana, 1923 – 1977. Publicó un pequeño libro de poemas; un libro de correspondencia; un pequeño libro de ensayos. Sus ensayos son como la obra del pintor holandés Vermeer: ​​de una belleza serena, muy profunda. Cada simple palabra es esencial. Es con mucho el más brillante ensayista del siglo XX “.Tratándose de un crítico cultural que ha dedicado un libro al riesgo de retorno del fascismo, este elogio tan tajante es muy sorprendente y un poco desconcertante. En la Wikipedia en italiano se puede leer que Cristina Campo, “excéntrica, durante la posguerra ‘en Florencia se divertía alabando en voz alta a Mussolini, para escandalizar a los peatones’, ha escrito su biógrafa Cristina De Stefano“.Provocación, sin duda (de Campo se decía que estaba “contra todos“), pero significativa. Siguiendo la recomendación de Riemen he leído su recopilación de ensayos ( “Gli imperdonabili“). He descubierto, efectivamente, una espléndida escritora, erudita, apasionada, perfeccionista. Era, al mismo tiempo, una ultraconservadora que combatió en primera línea contra los cambios del Concilio Vaticano II y fue seguidora del más o menos cismático cardenal Lefèbvre. Hay quien dice incluso que fue  al revés, que  Lefèbvre era seguidor de Campo. La escritora se había convertido al catolicismo a través  de – o debido a –  la liturgia, los ritos, el gregoriano; una pasión que después del Concilio la llevó a asistir a las misas de la iglesia bizantina de su ciudad. Consideraba que la megafonía y las guitarras de las iglesias católicas post conciliares eran un crimen, no sólo estético, sino “contra Cristo“.

Esto me ha llevado a plantearme algo que Riemen no comenta en su libro y que me parece que no figura entre las 14 características que Umberto Eco atribuyó al “fascismo eterno“. Tal vez en la pulsión atractiva de éste haya un anhelo de ritual y de sentido, de creencia a través del rito. Un deseo de seguridad, en el fondo: poca cosa hay más previsible que un rito, en principio inmutable. De ahí el énfasis que el fascismo dio, como decía Stanley Payne: “a la estructura estética de los mítines, los símbolos, a la liturgia política, extremando los aspectos emocionales y místicos” (el nazismo lo llevó al paroxismo).

Considerar criminal el nazi-fascismo no debe impedir comprender y explicar los motivos no execrables por los que mucha gente desheredada, excluida, atemorizada o angustiada se sintió y puede volver a sentirse atraída por el fascismo o por sus variada parentela, las sectas y movimientos políticos y religiosos de nuestro tiempo, de carácter extremista y / o violento.

Serían necesarios conceptos y palabras que no fueran ni “populismo” ni “fascismo” para designar y tratar de comprender mejor los fenómenos sociopolíticos y culturales que se están (re)produciendo en nuestro país, en Europa y en el mundo. De momento, quizás “nacionalpopulismo” es el más adecuado para designar el fenómeno que domina en un conjunto diverso y complicado de procesos. En todo caso, hay que evitar la simplificación expeditiva del “blanco y en botella, leche“, y tratar de discernir con más y mejor atención.


Más y mejor atención

En el libro “Gli Imperdonabili” de Cristina Campo se lee lo siguiente (con excusas por la traducción):

«” Souffrir pour quelque chose c’est lui avoir accordé une attention extrème.”Aquí la atención alcanza quizás su más pura forma, su nombre más exacto; es la responsabilidad, la capacidad de responder por algo o por alguien, que nutre en igual medida la poesía, el entendimiento entre los seres, la oposición al mal. Porque realmente todo error humano, poético, espiritual, no es, en esencia, si no desatención”.

También los errores políticos son, en general, de desatención. Para rehabilitar el poder democrático, objetivo indispensable, vital, de nuestro tiempo, hay una regla de atención elemental, discriminante y normativa, que se puede aplicar siempre, en todo momento y circunstancia. Es esta máxima de Paul Ricoeur: “N’exerce pas le pouvoir sur autrui de façon telle que tú le laisses sanos pouvoir sur toi.” ( “No ejerzas el poder sobre los otros de tal manera que los dejes sin poder sobre ti“) . En ella hay, me parece, la clave más importante de la lucha de la libertad contra el fascismo y su parentela.

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