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Romano Prodi: Reforzar la democracia

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Durante muchos años, especialmente después de la caída del Muro de Berlín, nos hemos engañado a nosotros mismos diciendo que la expansión de la democracia era irresistible. Una esperanza alimentada por numerosos informes de organizaciones internacionales dedicados a subrayar que la cantidad de países que confían su futuro a las pugnas electorales aumenta constantemente. La creencia de un progreso “fatal” de la democracia se veía reforzada por el consenso  general en las doctrinas generalmente aceptadas que han sido  los pilares de la democracia, es decir, el liberalismo y el socialismo que alternándose en el poder garantizarían la supervivencia y el fortalecimiento del sistema democrático. Tan fuerte era esta creencia, que se convirtió incluso en doctrina compartida el derecho (o incluso el deber) de imponer la democracia por todos los medios, incluidas las armas.

La guerra en Irak y Libia, al menos de palabra, se basaron ​​en la motivación de derribar un tirano para proteger, en nombre de la democracia, los derechos sagrados de los ciudadanos con el fin de llegar, con la mayor rapidez posible, a elecciones libres.

La realidad nos ha forzado en cambio a conclusiones muy diferentes. Las guerras “democráticas” han mostrado la ambigüedad de sus motivos y se han convertido en una tragedia sin fin, mientras que las elecciones impuestas desde el exterior, sobre todo en los países africanos, han sido cada vez más utilizadas para  adjudicar al vencedor un poder absoluto, casi patrimonial, sobre el país. Aquel que ha sido elegido democráticamente se convierte en propietario de los ciudadanos y de sus bienes y la elección siguiente se convierte en una lucha desigual si no es una farsa, porque el líder democrático se ha convertido entre tanto en un dictador. Evitemos por lo tanto la creencia de que el progreso democrático es fatal e inevitable porque la democracia no termina el día de las elecciones. No descansa en unas reglas abstractas, sino el cumplimiento de estas normas y si acaba la influencia de las ideologías que estaban en su  base,  en la conducta y los resultados de las acciones de los gobernantes.

No debemos sorprendernos por consiguente si, casi treinta años después de la caída del muro de Berlín, estamos en un mundo en el que el deseo y la demanda de  autoridad crecen, en detrimento del progreso de la democracia. Lo vemos en todas las latitudes, no sólo en muchos países africanos, sino también en Rusia, China, Vietnam, Filipinas, Turquía, Egipto, la India, en Europa del Este e incluso en Japón. Un deseo de  autoridad que se extiende a las democracias más maduras y fermenta incluso en los Estados Unidos, aunque en este gran país democrático, es moderado por el sinfín de controles y equilibrios de la sociedad americana.

Todos estos hechos nos han llevado a un punto de inflexión: la democracia ha dejado de ser el modelo de referencia para la política mundial y ya no se exporta.

Podemos situar simbólicamente el reconocimiento oficial de este punto de inflexión en el XIX Congreso del Partido Comunista de China en el pasado mes de octubre. El presidente Xi, reforzado  por sus logros, indicó que el sistema chino era la mejor herramienta para promover el desarrollo y el progreso no sólo en China sino también a nivel mundial. La propuesta de la ruta de la seda está destinada a sustituir en la imaginación popular el Plan Marshall como un modelo para el crecimiento global y, en particular, para los países en desarrollo.

Es una tarea facilitada por las fracturas en los países democráticos y la multiplicación de  partidos políticos en esos países, evoluciones que hacen cada vez más compleja la formación de gobiernos democráticos robustos y capaces de durar. La multiplicación de elecciones (locales, nacionales y europeas) y los análisis demoscópicos, que danvital importancia a cada pequeña consulta en las urnas, acorta el horizonte de los gobiernos que, en lugar de hacer frente a los grandes problemas del futuro, se centran en decisiones para  ganar las próximas elecciones.

A hacer más difícil y precaria la vida de los gobiernos democráticos  se añade la multiplicación del número de partidos, lconsecuencia de la mayor complejidad de la sociedad moderna,  y la crisis de las grandes ideologías del pasado. Se han necesitadi siete meses de negociaciones para formar un gobierno en los Países Bajos y, después de más de tres meses de las elecciones, aún no existe un acuerdo para el gobierno en Alemania.

A la vista de estos acontecimientos,  la predisposición de los votantes se aleja cada vez más de una democracia que “represente” y se inclina hacia una democracia que “de resultados“, para que funcione de modo eficaz.

Si no queremos  ver crecer de modo  irresistible, incluso en nuestros países, el deseo de autoritarismo,  debemos hacer fuerte nuestra democracia: es nuestro deber primordial  renovarla y fortalecerla para que pueda “dar resultados“.

romanoprodi.it


[Este artículo fue publicado en «Il Messaggero» del 7 de enero de 2018]

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